Mi plaza de mercado

Las plazas de mercado siempre me han parecido deliciosas, por decir lo menos. Esa exposición que uno ve de frutas como piñas, naranjas, mandarinas, manzanas, mangos, aguacates, etc o verduras como lechugas, arvejas, habichuelas o cilantro en fin, o ir a la sección de carnicería son experiencias maravillosas, ni qué decir de la explosión de colores por todas partes. 

Durante el tiempo que viví en casa paterna visitaba a menudo la plaza de mercado del pueblo y aunque la sección de carnicería no me parecía lo más higiénico del mundo, acompañaba a mi papá a comprar la carne de la semana, que era cosa grande porque el almuerzo de todos los días (excepto el domingo) consistía en carne asada en brasas y en la casa estábamos mis padres, cuatro hermanos, mi abuela y dos empleadas, mamá e hija y la hija tenía un hijo mayor que yo. Sin contar con la esporádica aparición de alguien precísamente a la hora del almuerzo, que se servía a las 12 en punto. Luego de la compra de la carne y los demás víveres, alguien llevaba el mercado a la casa: un «caleta» como se denomina en los Santanderes de Colombia a quien lleva bultos a veces en hombros y otras en un carrito de ruedas balineras. 

La plaza de mercado de Pamplona se encuentra desde que yo tengo memoria, en un edificio muy lindo que fue declarado monumento nacional. Parece que lo construyeron hacia 1920, con lo cual acaba de cumplir cien años y sigue funcionando como plaza de productos al detal. El edificio según recuerdo, ocupa casi toda una manzana con varias puertas de entrada hacia el interior y otras sobre la fachada que llevan a  pequeños negocios mayormente de cacharrerías (aquellos almacenes donde uno consigue casi de todo) y solamente se puede entrar a ellos desde la calle. 

Por una de las puertas del edificio va uno a las artesanías, por otra a los granos, por otra a las frutas y verduras y así se distribuyen dentro del lugar. El edificio tiene dos pisos. Nunca fui al segundo porque siempre me pareció misterioso porque las puertas de los locales allí siempre estaban cerradas, aunque ahora me imagino que en ellos debió estar la administración.  

Hay un piso intermedio un poco laberíntico  donde se encuentran las carnicerías. Ahí están los dependientes vestidos de blanco (rojo), siempre con un cuchillo o un hacha cortando las diferentes piezas para la venta. Más hacia adentro del mercado había un sitio donde se encontraban ferreteros y posiblemente forjadores de cuchillos, machetes y hachas, además de cerrajeros. También en la misma zona de la plaza se encontraban las cocinas, que era el nombre que mi mamá les daba a los restaurantes a los cuales ella les tenía un cierto veto y entonces no íbamos. Por ese mismo lado de la plaza, pero al frente, se encuentra todavía en Teatro Jáuregui, en el cual disfrutábamos el matinal, cine de 10AM y uno sabía cuándo estaba por empezar la película porque por uno de los pasillos dentro pasaba corriendo un muchacho quien con eso se ganaba el derecho a ver la película y había sido elegido por el portero del teatro para correr el telón que contaba con su sistema de poleas y yo le tenía envidia a ese elegido que se acercaba tanto al telón y podía ver más cerca la magia del cine.

En la parte de atrás, frente al edificio, se encuentra aún una pequeña capilla de las monjas de Brighton a las que uno nunca veía, al menos las que estaban allí. Parece que esa clausura ya se cambió, porque hace un tiempo vi en el periódico de Cúcuta, La Opinión, que las monjas están dedicadas a la cocina gourmet – orgánica.

Debía tener yo unos seis o siete años y como vivía en un pueblo donde casi todo el mundo se conocía, pues andaba solo por las calles y en mi casa eso era normal. En una ocasión que me perdí y por estar metido no sé dónde perdí un zapato, alguien apareció a decirme cómo llegar a mi casa o a la de mis abuelos. En una de esas excursiones andaba ese día junto con un compañero de colegio y nos fuimos a la plaza de mercado hacia el área de frutas y verduras cuando de pronto mi compañero salió corriendo y yo no supe qué había pasado hasta cuando una de las vendedoras de frutas me agarró por un brazo y dijo: «Ahh si es el hijo de don Fernando y ¿qué hace robando frutas?». El otro se había llevado algo como una naranja o no se qué y corrió dejándome expuesto a la ignominia. Ha sido una de las mayores afrentas de mi vida, todavía la recuerdo. No supe muy bien qué pasó luego, si a mis papás les tocó pagar lo que se llevó mi «amigo» o qué. Como consecuencia de eso, durante mucho tiempo a mi me daba verguenza pasar por ese puesto de frutas del mercado… 

Sin embargo la cosa pasó y años después recuerdo que ya compraba las frutas allí donde me habían condenado sin juicio reus actum.

Published by SueñosFinales

Systems engineer and finance specialist. My hobbies, besides exercising, are writing, reading, cooking and music.

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