¿Palabrotas o Insultos?

Un profesor de mi colegio en una conferencia sobre malas palabras empezaba: «En algunas partes decimos coma mierda y no me olvide»… y cada idioma, país, región tienen su propia colección de estas expresiones.
Es indispensable defender la existencia de las palabras soeces en todos los idiomas. Estas permiten expresarnos de una manera más explícita en muchas circunstancias así sea para quitarle lo plano a los idiomas. Hay que ver el placer que produce maldecir con malas palabras. Pero no solamente eso, hace unos años The New York Times publicó una nota sobre el beneficio de decir groserías. Hablaba de estudios serios acerca de por ejemplo poder soportar más dolor mientras se pronuncian ¿qué tal?. Además menciona que la creencia popular que quienes dicen groserías es porque tienen pobreza de vocabulario es un mito.

Este hecho lo ha probado mi amigo Alfonso a quien alguna vez en un cliente le dijeron que no le prohibían decir malas palabras sino que bajara el volumen con el que las profería y por supuesto el hombre sí que tiene el don de la oratoria. Cuando le dice a uno: «¿Tiene cinco minutos?», pues alístese para unos treinta. Dice el artículo que además aquellos que sueltan palabrotas (en cualquier idioma funciona) son percibidos por los demás como más honestos así que hay que hacerlo pero con naturalidad, gusto y clase.

Uno de los personajes que más me gustan de los que he leído es el capitán Haddock de las Aventuras de Tintín (Hergé). Sus insultos es posible que hayan sido censurados por el propio autor para no escribir malas palabras y son descomunales: ¡Canallas!, ¡Emplastos!, ¡Chuc-Chuc!, ¡Ganapanes!, ¡Ectoplasmas!, ¡Bachibazucs!, ¡Pacta con todos!, ¡Doríforos!… el personaje es extraordinario y también lo son sus insultos.


En España, algunos de los insultos o dichos «malsonantes» son más bien blasfemias en el sentido literal, ellos dicen: «Me cago en dios» o «Me cago en la puta ostia» (sin h o con h). Pero hay que ver cómo les suenan de bien a ellos mientras que nosotros los latinos no somos capaces de decir con gracia ese tipo de expresiones, decimos otras como: «¡Hijueputa!»…


Ahora, las malas palabras son para que queden entre dos o de uno hacia algunos. Hay una catarsis al decirlas, muchas veces ni siquiera están destinadas al insulto ni a armar pendencias. Hay otros insultos más complicados de construir y gente con capacidad para hacerlo unas veces con cariño y otras insidiosamente.

Anna Pacheco, periodista y escritora española publicó en twitter una vaciada (insultada) como decimos en Colombia de lo más elegante de Carmen Martín Gaite (Escritora, premio Príncipe de Asturias) a Juan Benet (otro escritor):
«En mis deseos de felicidad para este año va implícito otro: el de tu urgente reforma. Pues si tardas mucho tiempo en tomar conciencia del resbaladero por el cual vertiginosamente te deslizas, pronto caerás sin remedio en el tremedal ingente y pavoroso que la insidiosa vanidad (ofuscando tu antigua capacidad de discernimiento bajo el carisma engañoso y fascinante de tu apariencia social) tiene abierto a tus pies para sepultarte»

¡Carajo! yo quisiera tener una amiga que me insulte así.


Otra que recuerdo es lo que dijo Malcom Deas, historiador y escritor inglés especializado en estudios sobre Colombia (¡ay!) sobre un escritor y político colombiano que por las muchas vueltas de la vida terminó como representante del gobierno de Ecuador ante la Santa Sede y al papa Leon XIII le dijo «No doblo la rodilla ante ningún mortal» cuando le dijeron que debía arrodillarse ante él. En fin, Deas dice: “Fue un buen escritor malo. Sin duda, es impresionante su influencia política y social durante su período, pero es fácilmente descartable hoy e incluso entonces. Su mejor influencia fue tal vez ese talento para la oratoria -o mejor, para el insulto- que después heredaron con sus mismas características Laureano Gómez y Jorge Eliécer Gaitán. De resto, es mucho lo que sobra en su extensa obra. Gran parte de ella es ilegible. Es más, reto a cualquiera a que sea capaz de leerlo por más de 30 minutos”. (Del Poder y la Gramática).

Y del premio nobel Gabo cuyos libros sí he leído y definitivamente Cien años de soledad sigue siendo el mejor, escribe en el final y con la desesperación y la liberación del protagonista de El coronel no tiene quién le escriba:
«Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.»

¡Qué claridad de pensamiento!

Published by SueñosFinales

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2 thoughts on “¿Palabrotas o Insultos?

  1. Ingenebrio querido:
    Dos comentarios: me sorprende que la cámara baja española se llame congreso de diputados, en vez de llamarse como debería ser, congreso de biputados. Porque en el fondo allá y en otras partes, los miembros de esos congresos no se diferencian entre sí, ni se separan, como señalaría el prefijo, sino que se repiten. Y me sorprende, porque de vez en cuando veo los debates de esa cámara, no tanto por la discusión política, sino por el lenguaje de sus miembros que -en un bello castellano- se hablan respetuosamente de: “honorable diputado, Usted es un gilipollas…”, lo cual, aunque uno no sepa qué es, suena a insulto, a un insulto genial…
    Y, por otro lado, de lo que yo he aprendido en la vida: Hostia con H, es un trocito de pan sin levadura vital para nosotros los católicos… mientras que Ostia sin H es el puerto de Roma. Por eso un ostiario es lo mismo que un portero. Porque hace las veces del que atiende al que llega a la ciudad….

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    1. Hola Tere, interesante eso de los bi-diputados, de acuerdo, se insultan pero suena rico. De otro lado, yo siempre he creído que los españoles cuando hablan de eso es de la hostia con h, porque creo que originalmente traía la intención de blasfemia. Sin embargo, en lo que ví, la escriben con o sin h indistintamente. Abrazos

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