Gente que hace falta

Lo de haber tenido una vida más o menos larga hace que en el devenir hayamos encontrado personas con quienes hicimos amistad y a quienes si no están recordamos con mucho cariño, sin perjuicio de los que sigamos tropezando en adelante. Yo no sé si le haré falta a alguien cuando no esté (y no importa mucho la verdad), aparte de los vinculados con uno de manera familiar y/o indisoluble que sienten que uno debe hacerles falta (creo que sería bueno hacer una investigación mundial para ver si realmente les hace). Claro que están los bancos: a esos si les puede hacer falta uno porque normalmente se tiene un seguro sobre los préstamos y si uno no está, el seguro (o sea ellos mismos) paga la deuda…


Ahora en la edad bien adulta ¿para qué le haría uno falta a otra persona? ¿Para vivir cerca y cuidarse sus achaques? ¿Para conversar sobre la vida, el amor, la política, las artes? ¿Para recordar otras épocas como la universidad o el pueblo natal? ¿Para cultivar hobbies o gustos comunes? O simplemente para hablar de cualquier cosa, no importa el tema, no importa la hora o la trascendencia del asunto. Intercambiar opiniones sin temor a ofender o a tocar cuestiones innominables. Ahh… pero por supuesto esto incluye a cada pareja.


A eso me refiero: en este momento pues me hacen falta las personas con quienes no tengo ninguna prevención para conversar o para escribirnos sobre lo que sea en cualquier modo, tiempo o lugar, como los adverbios. Afortunadamente quedan todavía varios de ell@s aunque otros ya se han ido. Y a veces parezco ingrato porque no llamo a hablarles: es que no quiero desgastar la amistad. Eso me recuerda que el otro día mi amiga Luz María me escribió sobre uno de los blogs para preguntarme si me podía hacer una corrección. Ella que ha vivido lejos muchos años, seguro no recordaba que nuestra amistad aguanta todo y que no tendría necesidad de hacer la pregunta pero está bien: hace parte de lo mismo.


Por otro lado, la amistad normal es bastante buena, inclusive con aquellas connotaciones como lo que decía un subalterno mío en la oficina: «Yo no vine acá a hacer amigos: sólo compañeros de trabajo», bastante estólido como dirían los del idioma. Bien sabido es que uno puede hacer buenos amigos en el trabajo, sobretodo cuando tienen un objetivo común como por ejemplo detestar al jefe. No voy a hacer alguna apología a la amistad ni mucho menos, eso no es mi estilo. Yo voy más a lo particular: me siguen haciendo falta las llamadas de mi amigo Juan a las seis de la mañana para hablar sobre lo que a él se le había ocurrido a las tres de la madrugada o sobre lo que había leído en los periódicos que le llegaban o que leía en el computador cuatro horas antes que yo y que podíamos argumentar horas sobre lo mismo.

O las conversaciones de índole profesional con Hurtado quien podía discutir con uno sobre temas complejos de tecnología o de organizaciones sin alterarse jamás ni alzar su vozarrón de bajo.


O de mi amigo Luis, argentino él, quien ahora vive demasiado ocupado para hablar mal de los políticos y del futuro de la ingeniería, etc y con quien terminaba yo diciendo: «nosotros los peronistas pensamos así» sin tener ni idea de lo que estaba diciendo, con lo cual él se quedaba mudo.


En fin, este escrito va para todos los que he considerado que son interesantes para conversar o escribir en todo tiempo, modo o lugar y que saben que mis controversias estarán por debajo de la amistad. Y para mis amigos Juan y Fernando, ambos q.e.p.d.

A todos aquellos, una orquídea especial. Tiene tres centímetros de lado.

Published by SueñosFinales

Systems engineer and finance specialist. My hobbies are writing, reading, cooking and music.

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