Cuando vengan a mi casa traigan un árbol

El árbol que sombrea la llanura
tiene cien años de acendrar sus mieles,
de temblar bajo el júbilo del cielo
alargando sus frutos sazonados,
de escuchar el silencio de la noche,
y de ver a las mozas del camino,
perennemente, sin decirles nada…

Porfirio Barba-Jacob

No es por aquello de la ecología ahora más de moda que nunca o porque alguien en estos días comparó el discurso de nuestro Petro en las Naciones Unidas con el otro dicho por Jacques Chirac sobre básicamente lo mismo. En realidad es porque me gustan los árboles. Son hermosos. Uno diría que cuentan historias como aquella de la amiga quien murió y el árbol que ella había sembrado en nuestra casa se agotó por la misma época, perdió sus hojas y flores y frutos. Estuvo un buen tiempo así a pesar de los cuidados continuos. No tuvimos más remedio que cavar profundamente alrededor de él y trasplantarlo a otro sitio. El riesgo de hacer este trabajo es el mismo que con nosotros los humanos: cuando nos desarraigamos muy viejos, podemos morir. No se ha recuperado del todo desde aquel momento de ella, pero con muchos cuidados ahí va:


Hace unos años decidí plantar más árboles en un pequeño terreno «productivo» (dicho por aquello de la reforma agraria que está en curso) aunque los productos no pagan ni los gastos. Haciendo cuentas de costos etc, un limón producido acá debe valer unos dos o tres dólares. Pero en fin la idea es: cada uno de los invitados que venga debe plantar un árbol, con el compromiso de cuidado de parte mía. Además de crear una especie de vínculo afectivo con el terreno hay dos motivos detrás de la iniciativa: uno es el tener más frutales (cítricos principalmente) y el otro es afirmar el suelo donde se arraiguen.

Por otro lado y de manera un poco desordenada se han sembrado otros árboles grandes hay un par que calculo tienen quince metros de altura de la variedad de caucho o Ficus elastica. Un día un lugareño vino a comprar las hojas y este personaje tenía un oficio muy particular, fabricar coronas de difuntos con ellas y me dijo que con esa altura y frondosidad era posible que los árboles tuvieran casi cien años de edad. Yo creo que deben andar por la mitad de lo que dijo el artesano de las coronas. Aún así es bastante. No tengo idea quién los sembró, pero lo cierto es que sus ramas se extienden un diámetro de unos quince o veinte metros.

Cuando se sembró el naranjo de la historia de arriba, también se sembraron tres cítricos más. Uno lo plantó el ahora viudo y no miento cuando digo que este limón mandarino estuvo perdiendo hojas y no tuvo frutos durante aquel tiempo pero ya está bien. Es un injerto y algunas de las ramas dan limones de la variedad mandarino y otras de la variedad tahití.

Los otros dos son mandarinos y están muy hermosos, son de los hijos de estos amigos. Uno tiene una forma bella y frondosa, aunque tiene menos de tres metros, el otro es alto y con unos frutos espectaculares. Dan cítricos permanentemente y tenemos un acuerdo con los pájaros: yo les dejo algunas mandarinas a ellos y el resto son para nosotros. Eso funciona.


Otro par de árboles con algún tipo de historia asociada es esta araucaria. La sembramos con el hijo mío y cuando ya estaba adulta grande y fuerte, un árbol que estaba muy cerca se partió y una rama gigante rompió la araucaria por la mitad. Casi muere del golpe pero se recuperó en frondosidad. No recuerdo claramente la época cuando ocurrió este accidente, pero creo asociarla con mi separación de la madre de mi hijo y que a él particularmente lo afectó. La araucaria no recuperó la altura pero sí la fortaleza ella, tiene unos treinta años de vida. Y ahí nos va a sobrevivir muchos años.

Dós árboles ahora dominan la casa. Uno es un guayacán amarillo o palo santo. De madera muy dura, no se expande mucho hacia los lados y las raíces son muy profundas y las flores amarillas. Demora unos siete años en florecer, puede crecer veinticinco metros y su longevidad es de sesenta años. Se sembró hace tres años y ya mide seis metros de altura. Es el árbol de mi esposa, fuerte y sostenedora como ella.


Por último el mío. Un ocobo o guayacán rosado. Ha tenido sus buenas épocas. Florece todo el árbol con flores rosadas y cuando caen forman un tapete bellísimo en el piso. Las hojas son verde profundo. En esta época ha perdido hojas y flores, pero se recupera siempre. Siempre sale adelante. Es mi ejemplo. Tiene doce metros de altura y un tronco de un par de metros de diámetro en la base. De raíces muy profundas, sostiene el terreno donde se arraigó. Hace doce años hubo un temblor muy fuerte que movió todos los terrenos de la región, hasta se dañó parte de la carretera principal a dos kilómetros de distancia y hubo que arreglar la casa nuestra porque el temblor dañó paredes. Pues el árbol siguió ahí, inamovible. Sosteniéndolo todo, aguantando los embates de la adversidad y las dificultades. Bello ejemplo mi ocobo rosado.


Todas las historias de arriba son o ficción o que yo me las imaginé. No lo sé a ciencia cierta, pero bonito creerlas, ¿no es cierto? Cuando vengan a mi casa, traigan un árbol para plantar…

Published by SueñosFinales

Systems engineer and finance specialist. My hobbies are writing, reading, cooking and music.

3 thoughts on “Cuando vengan a mi casa traigan un árbol

  1. Hola Sergio, las historias sean ficción o no de todas maneras están estupendas. Lamento mucho la pérdida de la amiga; buen recuerdo tendrá de ella reflejado en un árbol cercano que se deje consentir y al que se le pueda hablar; alimenta el alma. Eso mismo hicimos nosotros en nuestra casa de La Calera en recuerdo de Federico, un nieto que por un día no alcanzamos a conocer.

    A raíz de ese duelo hemos encontrado una difusión en crecimiento de cuidar la naturaleza: un bosque cerca a Iguaque que lo han crecido con donaciones, en otro lugar del páramo unos amigos americanos que aman nuestro país aportaron dinero para la siembra de cien especies.

    De una hoja en blanco surgen historias para compartir…

    Un abrazo

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  2. Hola Sergio, repito la nota porque no sé si se fue . Esto de la tecnología es un tema que cada vez es más complicado.

    No sé si sus historias son ficción pero me gustaron bastante. Los árboles son un reflejo de vida y fue una buena decisión sembrar un árbol en memoria de la amiga. Lo siento mucho, un amigo que se va es irremplazable. Hace un par de meses hicimos algo similar en nuestra casa de La Calera donde sembramos un hermoso sietecueros morado como recuerdo de Federico nuestro nieto que no alcanzamos a conocer por un dia. Esos árboles, si se tienen cerca, los podemos cuidar y conversar con ellos en homenaje de quien es se fueron. Gran idea de aportar al ambiente.

    Encontramos que muchas personas se han sensibilizado con estos temas de la naturaleza. Unos gringos amigos donaron por Federico para un parque en el paramo un lote de cien robles, una hermosa niña trajo un tíbar y un pequeño huevito que en un par de días se convirtió en larva y terminó volando como mariposa (hay un sensible emprendimiento que tuvo esta idea para enviar mensajes de vida).

    Bueno ver que de una página en blanco surgen palabras, historias e imágenes que permiten elaborar sobre ellas.

    Un abrazo

    Juan Manuel

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