Uno como que se va desvaneciendo

El otro día se metió a la casa una serpiente coral. Debió tener unos cuarenta o cincuenta centímetros de larga y el grosor de un dedo meñique. Esas las reconoce uno porque tienen franjas rojas, negras, amarillas y no sé qué otros colores se percibirían si uno logra acercárseles. No es fácil saber si es una de las que llaman falsa coral o una de verdad: hay que verles de cerca la forma de los ojitos… Pero en fin, lo maravilloso del animalito es precísamente esa gama de colores que desde lejos tienen formas de franjas pero cuando uno las ve de cerca no hay una división precisa entre ellos y las franjas se difuminan y no se percibe dónde es la frontera de cada franja.
Se me antojó que esas formas deben ser parecidas a los fractales, que componen unos dibujos increíbles y curiosamente se forman de una manera relativamente fácil (con la ayuda de alguna aplicación y un computador) con unas funciones que los matemáticos y los de computación llaman recursivas y no vale la pena explicarlas, si en el tío Google buscan fractales se encuentran una cantidad de dibujos inclusive de animales: traten «gato fractal ojos azules» y encontrarán algo parecido a mi gato Memo que sí es real:


El descubridor de estos patrones un judío Benoit Mandelbrot decía: «Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos y la corteza de los árboles no es lisa, ni los rayos viajan en línea recta». Entonces pareciese que vivimos entre fractales porque es muy difícil distinguir las fronteras exactas de las cosas aunque las toquemos. De hecho alguna vez habremos visto fotografías de muy alta resolución (8K) o de cosas en microscopios electrónicos y son totalmente diferentes a como las percibe el ojo desnudo aunque no sé si eso se ajusta al concepto de fractal, porque una cosa es el reflejo de la luz y otra la construcción de un patrón, pero me estoy desviando del título…


La mariposa repite formas dentro de su estructura, construye esas líneas en las alas y finalmente sale esa linea irregular café que divide el cuerpo de ella en dos, la parte de adelante es un ala delta y las cuatro alas posteriores le sirven de timón e impulsores: hermoso. Cuando uno amplía la fotografía llega hasta un punto donde la resolución de la cámara ya no es tan buena y entonces todo se vuelve borroso y vuelvo al punto donde comencé, uno como ser humano que vive, habla, lee y escribe y hace otras tareas más prosaicas a través de su existencia: ha devenido. Pero en ese transcurrir como en los fractales se repite y se desvanece. Al menos es lo que yo siento: hasta cierta edad, podía con todo sin esfuerzo pero más tarde las iteraciones se volvieron más lentas y dificultosas por lo que la adaptación a nuevas situaciones aumenta en complejidad y a veces se raya en la intolerancia con lo cual uno comienza inexorablemente a atenuarse hasta el punto que con suerte sólo algunos de sus descendientes directos lo recordarán, sin juzgar si esto es bueno o malo…

El proceso podría ser como el de la orquídea del comienzo. Cuando aparece el capullo comienza a abrir y sale este portento de flor con esos colores blanco, rojo, café y morado indistinguibles en su composición y que la hacen bella como a la serpiente coral o a los fractales, luego languidece y muere en un lapso larguísimo de ochenta y seis mil cuatrocientos segundos y algunos la recordamos en fotografías.

¿Pasaron de moda los cursos de cocina?

Empecé a estudiar música simultáneamente con mi carrera de ingeniería. Lo único que yo quería era leer un pentagrama y poder tocar bien algo en un instrumento como la guitarra en calidad de aficionado sin competir con ninguno de los artistas del momento, ni mucho menos. Dentro de las materias electivas de mi carrera de ingeniería había tomado una clase de apreciación musical que me abrió la mente para decidirme a entrar a algo un poco más intensivo en este arte.
Me matriculé en una academia y el aprendizaje musical iba bastante bien y ya hasta podía tocar uno que otro estudio para guitarra sin equivocarme mucho. A alguien en la academia, probablemente al rector o al director académico, le dio porque el plan de estudios que ellos impartían debía modificarse y formar mejor a músicos profesionales que salieran al mercado a ganarse la vida con este arte. Ahh qué horror fue esto para mí porque mi afición a la música se convirtió en una dedicación del mismo nivel de la ingeniería, estudiando para las clases, los parciales, los recitales frente a otros profesores y tuve que decidirme si la música o la ingeniería y ganó esta última. No he pensado mucho si debo arrepentirme de esa decisión pero en fin luego de muchos años acá sigo con la disciplina de la universidad y la ingeniería. ¿Hubiera podido ser más feliz en algo que realmente quería? no lo sabré nunca.


Menciono esta experiencia porque hace años estuvieron de moda los cursos de cocina para aficionados. El chef Segundo Cabezas de origen humilde, nacido en una población del sur de Colombia: Barbacoas, quien en el año 1953 estudió con esfuerzo y recursos propios (ahorró como maestro de construcción) en Le Cordon bleu tuvo un programa de televisión y un libro «Cocine de primera con Segundo», dictaba algunas clases particulares a quien podía pagárselas. Llegó luego el canal El Gourmet que para ese tiempo vino con un esquema novedoso que incluía una página web y nos inculcó el gusto por cocinar. Allí presentaban varios chefs argentinos pero también algunos peruanos. Recuerdo a Dolly Irigoyen extraordinaria cocinera ella y a un tipo Francis Mallman que no me gustó nunca porque me parecía que era muy descuidado en su elaboración de platos y presentación aunque parece que tiene mucho éxito en su país. Siempre se me antojó curioso que en ese canal en la medida que los presentadores empezaban a bajar su rating como que los sacaban de Buenos Aires y los llevaban a presentar la cocina típica de la Patagonia con un viento y un frío espantosos y les daban una pequeña estufa que tenían que llevar además de los ingredientes. Eso les pasó a Dolly y a Mallman y en los programas actuales el proceso va con los hermanos Petersen… de pronto es pura imaginación mía.

Proliferaron las escuelas en Colombia sobretodo aquellas que venían de Argentina como la del Gato Dumas. Los chefs acá como en muchas partes del mundo, se volvieron las estrellas del jet set y entonces ya no se presentaban esos cocineros gordos como Luis Mokoroa que tiene un programa de cocina tradicional vasca y unas patillas monumentales, canoso, muy simpático él cuando uno le entiende el español que habla sino que son personas delgadas, bien vestidas, con aspecto de pasar más horas en el gimnasio o en la peluquería o metiéndose botox que en la cocina pero sobretodo son gente detestable que dirigen los programas concurso y se dedican a presionar e insultar a los concursantes quienes se aguantan todo a ver si logran ganar el premio mayor del realitiy. Pero creo que ni siquiera eso les está funcionando y ahora llevan al concurso de recetas a celebridades de la farándula decadente de cada país (no recuerdo quién los denominaba farsándula): deportistas, actores y actrices, youtubers, humoristas en busca de rating y chefs que los juzgan o los gritan o los insultan y creen los productores que nos gusta la cultura del maltrato del jefe o del acoso o piensan que hay que sufrir para ser alguien en la vida: ¡Qué va! ¡Qué farsa!.

Sea esta la oportunidad de rendir mi sentido homenaje a mi chef-profesor, Ramón Cueto, quien murió prematuramente hace poco y me enseñó el respeto por los procesos de la cocina y la gente en ella, el respeto a las personas a quienes se sirve, el respeto a los ingredientes, el respeto a los utensilios sobretodo a los propios cuchillos y por amar esto de la cocina y la investigación de las raíces de uno para plasmar ese conocimiento y sabores en lo que uno presenta a quien viene a su mesa a comer: Muchas gracias por todo eso que hizo de mí alguien mejor.

Escritura

Recuerdo a mi mamá enseñándome a leer y a escribir en el almacén de ropa de su propiedad que nos dió a todos los hijos la posibilidad de ir a la universidad y estudiar alguna carrera en los años sesenta y setenta. Había un tablerito en un atril y allí practicaba mi escritura con tiza. No fuí muy bueno en ello y sigue siendo una frustración porque la letra pegada me sale absolutamente ilegible. Llegó un salvador después y me enseñó a escribir en letras separadas que resultan iguales a las que escribo hoy en día en un teclado de computador. Más tarde, en una clase de programación básica hace años puse a mis alumnos la tarea de construir un algoritmo que escribiera poemas con reglas elementales de rima, versificación y ritmo. Leí en estos días que ya hay software que hace esto y más (GPT-3) no sólo basado en reglas, sino que es capaz de escribir cosas que hasta mueven los sentimientos de las personas y es bastante difícil reconocer si un texto fue escrito por este software o por un escritor de verdad (quien escribe acá no es un bot).

En el nacimiento de la escritura luego del lenguaje hablado a alguien se le ocurrió que lo que se decía se podía representar por algo escrito para que otros lo entendieran. En las cavernas donde se gestó la oralidad y se contaron historias acerca de lo que había fuera de ellas también se ideó la forma de hacerlo trascender para que otros supieran de los peligros o de las leyendas o de las cosechas o de las cacerías realizadas en representaciones de imágenes. Y seguimos igual: hace un tiempo enviamos una nave al espacio con objetos, recuerdos, representaciones, etc. de los humanos para que si un extraterrestre la encuentra pueda deducir que en este planeta hay vida «inteligente»…

Mar Abad dice que la escritura constituye un esfuerzo por capturar la voz. A una persona se le pasó por la cabeza que lo que entendió que dijo otra persona o ella misma era tan importante que debía ser pasado a otros de una manera diferente de la tradición oral. Si se encuentra algo escrito y la correspondiente clave para decodificar o traducir el mensaje, este podría ser más inequívoco o más inteligible de lo que quiso decir el emisor: lo hablado se representa entonces por algo escrito. ¿De dónde nació la idea de escribir lo hablado, si la gente se entendía puramente con los mensajes orales? Alguien dice que viene del conteo de las cosas y de los legados: parece ser que en Mesopotamia si alguien moría probablemente querría que a cada uno de los hijos correspondieran los mismos bienes. Y luego estos sistemas de conteo escritos se utilizaron para más cosas. Así nacen los sistemas de escritura hasta cuando llega algo monumental en su impacto y es la invención de la imprenta por Johannes Gutemberg: ¡Qué cosa tan espectacular!, a partir de este momento pudimos leer y estudiar y discutir con otros cosas que estaban vedadas para los no iniciados. El libro de Umberto Eco «El nombre de la rosa» muestra el antes de la imprenta y observa uno esas escenas de los monjes iluminando los libros que constituían los mayores conocimientos de la humanidad en ese momento y que debían mantenerse fuera del alcance de la gente común…


Un tío era dueño y director de un periódico regional en papel. Los reporteros y él mismo en sus editoriales escribían en máquina el texto que se publicaría al día siguiente. Estos textos se pasaban a los linotipistas (el linotipo era una máquina bellísima. Lo que escribía el operario en el teclado se «imprimía» al revés en lingotes de plomo en una, dos, tres o cuatro columnas de forma que cuando la imagen se transmitiera al papel quedara legible) y luego pasaban al armador de las páginas del periódico quien ponía los títulos (en letras diferentes también provenientes del linotipo) con las fotos para construir cada una de las páginas del periódico. Una vez hecho esto cada página se componía en papel y pasaban al proceso de doblez de las mismas para hacer lo que conocimos (los viejos) como diarios impresos.

Creo que a a pesar de que ya mucha gente en el mundo no sea capaz de leer y comprender más de doscientos ochenta letras seguidas los libros seguirán (inclusive los impresos) y las conversaciones sobre si lo escrito representa la realidad o no, continuarán. Al menos eso es lo que yo espero. Falta ver la evolución de las imágenes más allá de contar cosas sobre la propia vida de uno para que otros le den likes.

Cuando vengan a mi casa traigan un árbol

El árbol que sombrea la llanura
tiene cien años de acendrar sus mieles,
de temblar bajo el júbilo del cielo
alargando sus frutos sazonados,
de escuchar el silencio de la noche,
y de ver a las mozas del camino,
perennemente, sin decirles nada…

Porfirio Barba-Jacob

No es por aquello de la ecología ahora más de moda que nunca o porque alguien en estos días comparó el discurso de nuestro Petro en las Naciones Unidas con el otro dicho por Jacques Chirac sobre básicamente lo mismo. En realidad es porque me gustan los árboles. Son hermosos. Uno diría que cuentan historias como aquella de la amiga quien murió y el árbol que ella había sembrado en nuestra casa se agotó por la misma época, perdió sus hojas y flores y frutos. Estuvo un buen tiempo así a pesar de los cuidados continuos. No tuvimos más remedio que cavar profundamente alrededor de él y trasplantarlo a otro sitio. El riesgo de hacer este trabajo es el mismo que con nosotros los humanos: cuando nos desarraigamos muy viejos, podemos morir. No se ha recuperado del todo desde aquel momento de ella, pero con muchos cuidados ahí va:


Hace unos años decidí plantar más árboles en un pequeño terreno «productivo» (dicho por aquello de la reforma agraria que está en curso) aunque los productos no pagan ni los gastos. Haciendo cuentas de costos etc, un limón producido acá debe valer unos dos o tres dólares. Pero en fin la idea es: cada uno de los invitados que venga debe plantar un árbol, con el compromiso de cuidado de parte mía. Además de crear una especie de vínculo afectivo con el terreno hay dos motivos detrás de la iniciativa: uno es el tener más frutales (cítricos principalmente) y el otro es afirmar el suelo donde se arraiguen.

Por otro lado y de manera un poco desordenada se han sembrado otros árboles grandes hay un par que calculo tienen quince metros de altura de la variedad de caucho o Ficus elastica. Un día un lugareño vino a comprar las hojas y este personaje tenía un oficio muy particular, fabricar coronas de difuntos con ellas y me dijo que con esa altura y frondosidad era posible que los árboles tuvieran casi cien años de edad. Yo creo que deben andar por la mitad de lo que dijo el artesano de las coronas. Aún así es bastante. No tengo idea quién los sembró, pero lo cierto es que sus ramas se extienden un diámetro de unos quince o veinte metros.

Cuando se sembró el naranjo de la historia de arriba, también se sembraron tres cítricos más. Uno lo plantó el ahora viudo y no miento cuando digo que este limón mandarino estuvo perdiendo hojas y no tuvo frutos durante aquel tiempo pero ya está bien. Es un injerto y algunas de las ramas dan limones de la variedad mandarino y otras de la variedad tahití.

Los otros dos son mandarinos y están muy hermosos, son de los hijos de estos amigos. Uno tiene una forma bella y frondosa, aunque tiene menos de tres metros, el otro es alto y con unos frutos espectaculares. Dan cítricos permanentemente y tenemos un acuerdo con los pájaros: yo les dejo algunas mandarinas a ellos y el resto son para nosotros. Eso funciona.


Otro par de árboles con algún tipo de historia asociada es esta araucaria. La sembramos con el hijo mío y cuando ya estaba adulta grande y fuerte, un árbol que estaba muy cerca se partió y una rama gigante rompió la araucaria por la mitad. Casi muere del golpe pero se recuperó en frondosidad. No recuerdo claramente la época cuando ocurrió este accidente, pero creo asociarla con mi separación de la madre de mi hijo y que a él particularmente lo afectó. La araucaria no recuperó la altura pero sí la fortaleza ella, tiene unos treinta años de vida. Y ahí nos va a sobrevivir muchos años.

Dós árboles ahora dominan la casa. Uno es un guayacán amarillo o palo santo. De madera muy dura, no se expande mucho hacia los lados y las raíces son muy profundas y las flores amarillas. Demora unos siete años en florecer, puede crecer veinticinco metros y su longevidad es de sesenta años. Se sembró hace tres años y ya mide seis metros de altura. Es el árbol de mi esposa, fuerte y sostenedora como ella.


Por último el mío. Un ocobo o guayacán rosado. Ha tenido sus buenas épocas. Florece todo el árbol con flores rosadas y cuando caen forman un tapete bellísimo en el piso. Las hojas son verde profundo. En esta época ha perdido hojas y flores, pero se recupera siempre. Siempre sale adelante. Es mi ejemplo. Tiene doce metros de altura y un tronco de un par de metros de diámetro en la base. De raíces muy profundas, sostiene el terreno donde se arraigó. Hace doce años hubo un temblor muy fuerte que movió todos los terrenos de la región, hasta se dañó parte de la carretera principal a dos kilómetros de distancia y hubo que arreglar la casa nuestra porque el temblor dañó paredes. Pues el árbol siguió ahí, inamovible. Sosteniéndolo todo, aguantando los embates de la adversidad y las dificultades. Bello ejemplo mi ocobo rosado.


Todas las historias de arriba son o ficción o que yo me las imaginé. No lo sé a ciencia cierta, pero bonito creerlas, ¿no es cierto? Cuando vengan a mi casa, traigan un árbol para plantar…

Redes y gobiernos

La cosa política no es algo sobre lo que uno quiera opinar, porque suscita una cantidad de sentimientos encontrados en países polarizados como el nuestro (cada vez más común) y además las discusiones no llegan a mucho. Lo que sí puede uno es opinar sobre los medios y la forma como nuestros gobernantes hacen sus tareas y cómo se ven ellos. Ahora bien, con todo lo que sucede en el mundo parece que nuestros países tercermundistas se están volviendo apetecibles para vivir a pesar de los problemas internos y las desigualdades. En estos días conocí a una colombiana que vive hace muchos años en Alemania con su esposo alemán quienes están pensando seriamente volver a vivir en Colombia, porque la situación por allá ha hecho más estragos que nuestros conflictos internos. Cuando les pregunté porqué querrían volver fueron tajantes: «Por la guerra…»
Miren que nuestros gobernantes han visto que lo que más les produce visibilidad internacional durante su período es salvar al planeta Tierra o mejorar los indicadores frente a la banca mundial. Eso sólo afecta el pensamiento a los ciudadanos comunes y corrientes que deben seguir viviendo en el día a día. O será que al ciudadano de a pie le importa si el déficit fiscal es ¿mayor o menor al 4% del PIB? o que ¿es necesario bajar la huella de carbono de las vacas? como dice Lovelock, «lo idiota es legislar contra la emisión de boñiga por parte de las vacas». Al ciudadano le importa si tiene empleo, si tiene cómo sostener su familia, si tiene cómo vivir, si tiene cómo pagar unos impuestos que no entiende de dónde salen, porque lo que dicen es que hay que pagarlos para cubrir el déficit.

A todas estas el poder debe producir una megalomanía en los gobernantes que se creen «enviados» y deben salvar al planeta pero se olvidan que fue la gente quien los eligió, no aceptan el cuestionamiento de la prensa y escriben un trino para salir del paso sin dar muchas explicaciones. La alcaldesa de Bogotá, sin ir muy lejos tiene una pelea contra el uso del vehículo particular por contaminante y porque ocupa más espacio en las calles de la ciudad y todo esto último es cierto. Su propuesta del mundo ideal, que yo creo salió como respuesta rápida a una pregunta incómoda (sólo dice el qué no el cómo), más que de un estudio juicioso es que los particulares transporten más personas dentro del vehículo: como en un ideal donde todos van al mismo tiempo para sitios cercanos geográficamente, donde uno es vecino de los compañeros de trabajo, donde no hay problemas de seguridad y los señores de los taxis pacíficamente van a aceptar esa nueva realidad: «The Truman show». Recuerdo hace un tiempo que en varias ciudades hubo protestas de los transportadores públicos contra la competencia de Uber, cómo será si los particulares prestan el mismo servicio.


Por otro lado, afortunadamente ahora hay redes sociales porque no sé antes de ellas cómo publicitaban sus logros y entonces los gobernantes de muchos países cumplen su mandato con la ayuda de Twitter o Facebook, hay que recordar a Trump. Dicen los que llevan las estadísticas que publicó no sé cuántos miles de trinos de los cuales un porcentaje importante eran mentiras o «fake news» y aún así sigue teniendo un índice de popularidad alto a pesar de los escándalos y del FBI, etc. Entonces ¿ahora se gobierna por «tendencias»? ¡espero que no!. Algo que aprendí hace unos años es que se debe hacer una diferenciación entre el «Estado de opinión» y el «Estado de derecho» y que gobernar según el primero puede ir contra las instituciones de un país y podría prestarse para ir contra la constitución. Además, para manipular las opiniones en las redes pues habrá muchos algoritmos.

Me causó curiosidad hace unos días que se difundió una noticia por redes sociales que la primera ministra de Finlandia, una mujer joven, bailaba en alguna discoteca de por allá. Eso causó estupor entre los conservadores que la tacharon de todo y cuestionaron su ¡capacidad de gobernar!, porque eso sí, en las redes todo se sabe y si alguien hace alguna cosa de inmediato se publica en cualquiera de ellas y pasea la noticia por todo el mundo incluídas las «fake news».


David Trueba dijo refiriéndose a las redes sociales y a que no importa lo escondidos que estemos o que el tema no nos interese:
«No hay manera de escapar a esa crispación de cartón piedra, anónima, visceral y viscosa. Sabíamos que la imbecilidad era infinita; lo que ignorábamos es que llegaría a ser obligatoria.»
Como la orquídea de un día los gobiernos pasan como en esas cuatro fotos: en veinticuatro horas, los estados no y por imperfectas que sean las democracias, pues siguen siendo el mejor modo de gobernar los pueblos.

Cosas que me llamaron la atención

Esta última semana he estado leyendo varias cosas. Un libro bien hecho de una de mis escritoras favoritas, Rosa Montero (española) que se llama «El peligro de estar cuerda», donde defiende la idea de que la creatividad va muy cercana a la inestabilidad mental y de que muchos de los artistas necesitan algún tipo de estimulante para mejorar sus momentos creativos. El libro no es una invitación para vivir borracho o drogado para que se le desarrolle la creatividad. Dice que muchos de los artistas y más los escritores son proclives a esta transgresión.
En alguno de los párrafos Montero menciona a otro escritor Javier Barreiro, quien tiene un libro que creo vale la pena leer: «Alcohol y literatura». En el blog de Barreiro aparece, acerca del libro algo que él llama Introito sobre el papel del alcohol en muchos de los escritores y escritoras famosos. Claro, hay muchos que uno conoce por su gusto por el alcohol como Hemingway de quien se dice que era capaz de tomarse dieciséis daiquiris en una noche que pueden equivaler en cantidad de alcohol a una botella de whisky y la variante del martini que lleva su nombre es brutal: quince o dieciséis partes de ginebra por una de vermouth blanco seco.
Hombres y mujeres artistas han usado el alcohol para sus creaciones y me llamó la atención lo que dice Barreiro acerca de la aceptación social del ebrio. Aquellos a los que nos gusta el alcohol somos vistos muchas veces (¿de manera hipócrita?) despectivamente y entonces sugiero recordar grandes personajes beodos como Sócrates, Goethe, Steinbeck, Poe, Duras, F.Sagan, Rulfo, Neruda y muchos otros. Por ahora concuerdo con lo que dice Heineken en la Fórmula 1: «Si vas a manejar, nunca tomes» y ya.


Yo no soy un escritor, estoy en la vía de querer ser un blogguero que cuenta crónicas, entonces el proceso creativo de escribir un libro no es de mi especialidad, aún. Lo que sí sé es que tratar de escribir aunque sea esta crónica, requiere esfuerzo y dedicación (algo así como lo que dicen de 5% inspiración y 95% de transpiración) y a veces, sí, antes de publicar un artículo lo reviso minuciosamente con un whisky.
Pero ¿será cierto esto que plantea Montero sobre los escritores y en general los artistas quienes requieren de estimulantes, más que en cualquier otra profesión?
Aventurar juicios acerca de la irresponsabilidad de los artistas o sobre su vivir por encima de las cosas mundanas es por decir lo menos, una estulticia. Los escritores como Rosa Montero, son profesionales en ello y han estudiado como en cualquier otra profesión y también lo hacen para vivir de ello. Algunos mejor que otros como J.K.Rowling quien con sus libros dicen que ha amasado una fortuna mayor que la de la reina Isabel II.
Obviamente el libro es ficción y no lleva un método científico con el cual se pueda corroborar la afirmación, sin embargo los ejemplos son contundentes y múltiples. Lo que también cuenta es aquello del embrutecimiento por la cantidad de alcohol ingerido y de uno que otro premio nobel de literatura que la embarraron antes o durante la ceremonia. Muchos dirán que cualquier sustancia en exceso puede ser letal, pero es que alcohol es alcohol.
Lo que me recuerda que dentro de los escritores que se ayudaban con el alcohol en su proceso artístico, había unos que tomaban algo llamado absenta o absinthe o ajenjo. Nunca la he probado y lo que he leído es que contiene una alta graduación alcohólica entre el 55% y el 80%. Parecido a este licor es el Chartreuse verde, lo producen unos sacrificados monjes cartujos en Isère, Francia con un módico 55% de contenido de alcohol por volumen es decir más de la mitad de la botella es alcohol etílico. Ahora, quien haya probado este licor se vuelve adicto a él: tiene un sabor suave, hierbas, dulce, exquisito, pasa por el paladar hacia las fosas nasales y se percibe el aroma. Uno puede tener la excusa de decir que va a escribir y compra (en Colombia es difícil conseguirlo porque los impuestos arancelarios sobre los licores dependen del grado de alcohol del mismo) y lo mantiene alejado de todo aquel a quien le pueda gustar y aunque no escriba se lo beba.
Mi recomendación no es hacia aquello de la moderación con el alcohol ni mucho menos, sino a leer los autores que mencioné, Rosa Montero tiene uno impactante con muy buen título: «La ridícula idea de no volver a verte» sobre madame Curie y sobre el esposo de Rosa en una narración intimista. El de Barreiro no lo he leído pero espero conseguirlo y hacerlo porque suena bastante interesante.

La gravedad existe

El otro día leí un artículo de una científica donde decía (espero haberlo entendido bien) que si bien el universo se está expandiendo a velocidades grandísimas, en el borde de los 46.000 millones de años luz (una distancia bastante incomprensible) las regiones se alejan a una velocidad mayor que la de la luz y yo que creí que esta era la velocidad máxima del universo parece no ser así en las fronteras del universo o alguna explicación habrá. O eso fue lo que entendí y entonces decidí hacer volar mi imaginación sobre los intentos de la humanidad para explicar los fenómenos en el universo y particularmente los que tienen que ver con la fuerza gravitacional.
Desde el comienzo de los tiempos, saber cómo funciona lo que ahora llamamos universo ha sido una búsqueda permanente para el ser humano. Hemos cambiado de «centrismo», parece ser que el mismo Platón creía que la Tierra era el centro del universo y ni mencionar a Josué, quien mandó a parar el Sol para poder acabar con todos los enemigos. Y los físicos se mesan los cabellos pensando en las fuerzas enormes que se debieron desplegar en el sistema solar cuando Josué dió la orden de parar al Sol que tiene más de trescientos mil veces la masa de la Tierra: inimaginable.
Uno sabe que existe la fuerza de gravedad, porque lo mantiene pegado a la tierra y porque cae inexorablemente cuando sube sin algo que lo sostenga y eso, nos lo dijeron en las clases de física elemental, era una consecuencia de la gravedad según Newton. Lo que los legos no comprendemos muy bien es cómo una onda gravitacional producto de la colisión de dos agujeros negros viaja a la velocidad de la luz desde hace siete mil millones de años y es detectada en 2019 cuando pasó. Imagina algo como en las películas y una bomba explota y la onda expansiva se ve viajando… pero ¿ola de gravedad?. Alguien me dijo una vez que esto de la gravedad (Einstein lo expuso) es realmente una curvatura del espacio-tiempo y entonces me mostró una red donde hay pelotas de varios pesos, la más grande deformaba la red y atraía las otras. Y no quise preguntar mucho más porque me hubieran confundido con lo de la gravedad y las partículas subatómicas.


Hay tres películas recientes que han tratado de abordar de manera más o menos interesante los temas que he mencionado: Interestelar, Ad Astra y Gravedad, estas muestran de manera «fácil» lo de los agujeros negros y la fuerza gravitacional. Interestelar, dirigida por Christopher Nolan tuvo la asesoría de Kip Thorne premio nobel de física quien entre otros aportes al filme diseñó la reproducción de las imágenes del agujero negro. Allí los protagonistas van a un planeta cerca del agujero. Este agujero por alguna razón misteriosa no se ha tragado con su gravedad al planeta probable.
En «Gravedad», los artefactos de la estación espacial empiezan a caer y a tomar velocidad y la película se vuelve entretenida. Que la protagonista Sandra Bullock y Clooney pasen por episodios que violen la gravedad, pues es una liberalidad de Cuarón, el extraordinario director mexicano.
Ad Astra (James Gray) arranca con una mención a la gravedad porque Brad Pitt se cae de una antena situada muy arriba de la Tierra en un día común y corriente de trabajo, parece que el accidente es cosa de todos los días porque el tipo tiene un paracaídas que se abre a tiempo y un traje especial presurizado para caer al menos cien kilómetros hacia la tierra a no sé a qué velocidad. Cualquiera se cae como un «saco de patatas» y queda como una manchita en la superficie, pero no Brad Pitt.


Por último todo esto relatado me lleva a un programa de televisión presentado por Will Smith (el de la bofetada en el Óscar 2022) que se llama One strange rock. Allí entrevista a astronautas que han pasado bastante tiempo en el espacio y ellos tienen una perspectiva extraña respecto a la Tierra, sienten algo diferente de aquellos que como nosotros viles mortales únicamente hemos subido a máximo cuarenta mil pies (unos trece kilómetros) sobre el nivel del mar, en los aviones grandes. Algunos de estos astronautas han estado en la Estación Internacional a más de cuatrocientos kilómetros de altura dando la vuelta al planeta en una hora y media. Algo los hace ver las cosas de forma distinta y apreciar más lo que tenemos acá, ver la interconexión de muchos de los fenómenos que presencian: huracanes, sequías, lluvias, etc y cómo esta roca que llamamos planeta Tierra se comporta frente a estos eventos.

Tenemos todavía tiempo para proteger esta roca de la cual dependemos y a la cual no hemos cuidado de manera inteligente. Si logramos pensar como los astronautas de One strange rock y ver a la Tierra desde otra perspectiva o si entendemos como en Interestelar, que la búsqueda de otro sitio donde vivir no es tan fácil, tendremos más conciencia de no dañar lo que dice Laudato Si: la Casa Común.

¿Celos?

En estos días de cambio de gobierno en mi país, me he dedicado a ver las opiniones de periódicos extranjeros sobre nosotros. Muchos hablan del cambio que se viene y de cómo los que vivimos en la parte rural nos vamos a beneficiar con estos nuevos aires. Si sólo mejoraran las carreteras secundarias y terciarias sería uno de los logros más importantes que se hayan visto en el campo colombiano. Desde la finca donde vivo a la avenida hacia la ciudad más cercana, Fusagasugá hay unos cinco kilómetros y me toma en carro quince minutos (velocidad de 20 KM/H). No hay que perder la esperanza, «amanecerá y veremos, dijo el ciego».
Por otro lado tiene su compensación esto de vivir en un sitio rural: no hay contaminación grande ni ruido de vehículos, no hay congestiones ni de gente ni de vehículos y la ciudad está relativamente cerca. Cuando hago jugo de la cosecha no pienso que las seis u ocho naranjas utilizadas debieron de tener un costo entre diez a quince dólares (abono, cuidado del terreno, matamalezas, etc), porque lo que cuenta es el placer de tomarlo con frutos recién cogidos de la planta que sembré hace años.


Ahora como he relatado en otras crónicas uno tiene que hacer de todo y arreglárselas como mejor pueda con diferentes oficios para los cuales no fue preparado: aprendí a cambiar el árbol del sanitario, instalar los grifos de los lavamanos, arreglar tubos de agua rotos a las seis P.M., porque se rompen es a esa hora o más tarde, con pedazos de plástico de neumático mientras que al día siguiente puedo ir a comprar dos uniones y un metro de tubería de un diámetro que por alguna razón se mide en pulgadas y es necesario reconocer de cuántas es el tubo roto lo que a los ingenieros de sistemas nos parece complicadísimo, pegante para pvc y algo para cortar el tubo y una hora después con la espalda dolorida y un par de cortadas en los dedos, volver a conectar el agua.

Y qué decir de las mascotas. Dos perros grandes, una perra pequeña de unos diez años (se llamó originalmente Nirvana, pero no responde a este sino a Negra), una gata, un gato y las arañas y mariposas que no tienen nombre.


Aprendimos entonces de las tales «feromonas»: llegó (por bruto yo de aceptarla) una perrita nueva para que la cuidáramos unos días. Con la presencia de los machos, pues se puso en celo y las feromonas también activaron a la Negra, quien supuestamente estaba operada pero seguro le quedó un dos por ciento de ovarios y las perras no tienen menopausia… De un día para otro, los perros machos se pusieron en modo búsqueda de pareja. Yo creo que muchos de los lectores habrán visto lo que es el celo de un animal al menos en National Geographic. Pues bien la realidad de la situación no es la del Discovery Channel y en el campo es peor. El perro más grande duerme dentro de la casa y se puso en un nivel de inquietud desesperante, corriendo de un lado a otro, gimiendo y ladrando. Entonces ignorantes, optamos por amarrarlos a todos de manera que estuvieran separados pero ¡qué va!, leímos luego que las feromonas se sienten a un kilómetro de distancia… El tío Google dice que para mitigar el olor puede fumigar alrededor de la perra en celo con: vinagre, vinagre más blanqueador, fumigante para plantas, fumigante para moscas y cucarachas… nada sirve. La segunda noche llegaron los perros de la región invitados al celo de las dos. Y esto parecía una película del hombre lobo: todos aullando la noche entera porque las perras estaban aisladas por la cerca eléctrica, pero las feromonas no. La tercera noche con los perros amarrados y el otro dentro de la casa creímos que íbamos a poder dormir. El de la casa abrió la puerta y el otro se soltó de su arnés donde estaba amarrado. Así que a las dos de la mañana salga a reforzar puertas y a volver a amarrar al otro.

Al siguiente día otra vez ignorantes los dejamos sueltos y obviamente se pelearon los dos perros muy duro y hay que ver cómo es de espeluznante ver este par de animales uno de veinte kilogramos de músculo y otro del doble de peso, trenzados en pelea durísima hasta cuando de nuevo brutos nosotros y luego de dos escobas partidas en los lomos de los perros, logramos separarlos agarrándolos de los collares que sirvieron también para que no se mordieran el cuello.

Vuelva a amarrarlos y además póngales bozal a ambos, pídale a un vecino lejano que se lleve la primera perrita a donde no la puedan sentir los de acá y ponga a la Negra en una guardería durante el tiempo de celo, que es de por lo menos dos semanas…
Por ahora la situación está en equilibrio inestable como dicen en física y comprobamos con la pelea que el perro sí es el mejor amigo del hombre.

No es sobre ética o tecnología

Para mí no hay nada mejor que el anonimato. Hace unos años la mayoría de los gringos caminaba sin ninguna identificación en sus ciudades, así mismo cuando yo iba allá dejaba el pasaporte guardado en la caja de seguridad del hotel para no correr el riesgo de botarlo y nunca nadie me pidió identificarme o algo parecido. Uno se sentía bien, casi libre. Ahora todo ha cambiado: máquinas de reconocimiento de patrones y de imágenes lo vigilan a uno, verifican la identidad y no sé qué más. Inclusive en Colombia entiendo que la Justicia dijo que las multas por exceso de velocidad con base en las fotografías de las cámaras de las vías, deben identificar al conductor para validar los comparendos.
El título de este escrito tiene algo que ver, pero no voy a hacer una recopilación ni disertación sobre el tema. Espero seguir en mi línea de no enseñar cosas, aunque es difícil pensar en eso cuando uno escribe. No tengo y espero seguir así, ni Facebook, ni Instagram, ni TikTok ni nada de eso. Y digo que no tengo nada de eso de manera ingenua, porque seguramente alguien ya los tiene a mi nombre… o ¿será paranoia? ¿será que pertenezco ya a pesar de mi deformación profesional, a aquello que alguien llamó la «revuelta de los ancianos»? gente que se siente expulsada de los espacios nuevos de tecnología.
Ver: https://larepublica.pe/mundo/2022/02/28/la-revuelta-de-un-anciano-de-78-anos-que-exige-mejor-atencion-en-los-bancos-en-espana/

Tengo usuario registrado en Linkedin, Netflix y Spotify, este último porque oigo música mientras escribo o leo, Linkedin porque hay muchos profesionales amigos y algunos que fueron clientes míos allí. Alguien me hizo meter hace un tiempo y además miro de vez en cuando a ver si hay para mí un trabajo fácil, bien pago, poco tiempo de demanda, que no joda el jefe, que sea virtual, algo que me guste, clientes satisfechos, que no les importe mi edad, que me dejen decir lo que quiera, etc., pero no ha aparecido hasta ahora.
A Spotify me gusta creer que puedo confundirlo y entonces oigo a músicos colombianos, venezolanos, argentinos y paso a Frank Zappa o Hozier y luego Beethoven, Telemann, Palestrina, Toby Keith, al Conjunto Clásico y muchos otros y guardo la esperanza de que no me prediga o al menos le cueste más trabajo: que no sepa exactamente cuál es mi música de verdad, iluso yo. Aunque confieso que ya me empezaron a gustar las listas que ha construído para mí porque contienen artistas que yo no habría conocido de no ser por ellas. No es lo mismo con Netflix, a lo mejor porque no lo veo tanto o porque el software de predicción de ellos no es tan bueno como el de Spotify y porque creo que su buscador es muy primitivo y entonces me da pereza buscar películas.

En 2017 leí que Facebook desconectó dos robots que habían empezado a crear un lenguaje para hablar entre ellos, naa. Si el lenguaje se lo programaron los humanos y los robots no tienen o perciben (aún) sensaciones como para elaborar nuevos conceptos, entonces la cosa esta no fué más que un puro asunto comercial. Y para ilustrar, cito a Lorena Jaume, experta en inteligencia artificial quien trabaja en gobernabilidad y aspectos éticos de la automatización y digitalización, directora de Ethical Tech Society: «…los algoritmos genéticos, los que se usan en coches autónomos calculan qué pasa si el vehículo va por todas las vías posibles y, cuando prevén colisión, eliminan esa ruta del cómputo. Si mi hija hiciera algo así para salir de la habitación, dándose golpes contra las paredes hasta que lograra pasar por la puerta, diría que tiene un problema cognitivo, pero en tecnología lo llamamos aprendizaje automático»machine learning, ¡Qué tal!.
Dice Daniel Innerarity, un filósofo actual, que los algoritmos predictivos creen que el futuro será una reproducción de nuestro pasado sin contemplar deseos o aspiraciones o desigualdades y asimetrías del mundo real: “Los algoritmos son conservadores y nuestra libertad depende de que nos dejen ser imprevisibles”.

Pero me desvié del asunto de la enseñanza. A todas estas, en los días prehistóricos de la informática cuando aprendí a programar computadores, me enseñaron que lo primero que había que escribir era el algoritmo. Una vez el algoritmo era probado, se procedía a traducirlo a un lenguaje de programación que entendiera el computador. El término a los que estudiamos con el álgebra de Baldor lo asociamos con «al-Khwārizmī» sobrenombre del célebre matemático Mohamed Ben Musa y significa conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema. Ahora parece que el término se ha extendido hacia el programa en sí y el tal algoritmo es el que aprende, predice, sitúa geográficamente, sabe de nuestras costumbres y gustos, etc., en fin. No soy capaz de idearme una explicación de porqué sucedió esto o si será que es otro signo de mi pertenencia a la revolución de los ancianos.

Ahh las palabras

Siempre me han gustado las palabras, inclusive las raras. No tanto como para participar en uno de esos concursos españoles como «Pasapalabra» (basado en el ingles The alphabet game) porque ese de vez en cuando se lo gana una de esas personas que saben un montón de definiciones inútiles (en el sentido de que no se usan coloquialmente) como:
Empieza por P: Olor que hay en el ambiente cuando llueve – Preticor
Empieza por G: nombre que recibe la espuma de la cerveza cuando se sirve en un vaso – Giste
Empieza por A: pequeña almohadilla llena de alfileres para coser – Acerico
Las palabras que responden a esas definiciones son de las que puede usar uno para las claves de los portales de los bancos o en las suscripciones digitales ¡qué sé yo!, serían códigos casi inquebrantables:
Imaginen una clave como @cerico1874$ o &Preticor2023 jajaja…
Los colombianos repetimos cada vez que cantamos el himno nacional: «Oh gloria inmarcesible» y seguramente más del ochenta por ciento de nosotros no tiene idea de lo que significa inmarcesible. Claro que el autor de la letra del himno retaba la inteligencia en las estrofas (VIII):
La virgen sus cabellos
arranca en agonía
y de su amor viuda
los cuelga del ciprés.
Lamenta su esperanza
que cubre loza fría
pero glorioso orgullo
circunda su alba tez

Como dicen en nuestra costa Caribe: «Y ajá».
Uno de los últimos concursantes que se ganó el premio del programa Pasapalabra se llevó casi dos millones de euros, menos el cuarenta por ciento de impuestos, claro.

Esta es una imagen de Pablo, ganador de €1´828.000 y estuvo más de 250 programas. Tomada de internet, puede pertenecer a Antena3

Alguien en España publicó un estudio informal sobre si vale la pena permanecer tres o cuatro meses, día tras día, respondiendo a las preguntas más intrincadas sacadas del María Moliner o de otras fuentes y con la presión, etc. Algunos de los concursantes pasan por varios de estos programas y aparentemente lo toman como un trabajo. Lo otro que subyace detrás de esos abultados premios es por supuesto el ¡rating!. de lo que viven los programas de tv, en horario de las ocho de la noche (o de la tarde por esta época). Los costos de mantener un programa de estos deben ser ingentes: equipo de producción que incluye lingüistas, presentador al que le deben pagar una buena cantidad, conseguir invitados que vayan, empezar con un premio de cien mil euros e ir aumentando cada programa que no ganan en seis mil más. Hoy el premio va en más de un millón cien mil euros.
Cuando yo todavía vivía en casa de mis padres, hubo en la televisión (en blanco y negro) un programa que se llamaba Veinte mil pesos por sus respuestas similar aunque más de cultura general que de definiciones de diccionario. No sé cuánto valdría hoy ese premio. Recuerdo un tipo experto en colombofilia, que no es alguien a quien le gusten los colombianos o Colón sino experto en la cría y adiestramiento de palomas. Este personaje llevó algunos ejemplares al programa que se transmitía en vivo. Así lo hizo otro herpetólogo que llevó algunas serpientes y recuerdo al juez del programa Antonio Panesso Robledo muerto de susto él, con los animalitos cerca en el estudio.


Yo no podría asegurar si uno aprende algo o no en programas como estos. Ya se me olvidaron las definiciones de arriba por ejemplo. Sí sé que no aprendo (yo) nada en esos programas que tratan de imitar a American Ninja Warrior, cuyo premio es de un millón de dólares y la infraestructura que montan en cada ciudad es colosal. Por acá en Colombia hay un programa parecido, un reality con aparente éxito cuyo premio es de ochocientos millones de pesos (unos doscientos mil dólares). No lo veo. Las competencias, si bien pueden ser interesantes, están rodeadas de las conversaciones que tienen los participantes en sus propios ambientes y ¡qué horror!, prefiero no oírlas. Ahh, tampoco veo los Master chef porque me molesta la actitud de los chefs jurados: tipos detestables esos.