Más quiero a mi perro

En estos días, frecuentemente leo en los periódicos digitales y en papel, que la pandemia ha sacado lo peor de mucha gente. Y empiezo a pensar lo mismo. No hay un espíritu altruista en ninguna parte, ¡qué horror!. Claro que esta crisis nos tomó desprevenidos. Aunque estaban aquellos que vaticinaban desastres de esta naturaleza, los otros pensábamos: ¡qué va, están locos estos tipos! y se vino la pandemia y los gobiernos no estaban preparados para algo así. Ni nadie.

Un amigo tenía un empleado y como todos los mortales de esta tierra, tuvo que reducir sus gastos, pero con gran esfuerzo mantuvo al empleado que le ayudaba en una pequeña granja. El empleado decidió que no trabajaba más y empezó a pedir incapacidades al sistema de salud. En este momento, seis meses después el amigo le sigue pagando, pero el empleado no trabaja, ¿hasta cuando? hasta que el sistema lo jubile: suerte a todos. Yo le echo la culpa de la situación a la pandemia. Tratamos de sobrevivir de la mejor manera, los más, trabajando como podamos, los otros viviendo de los demás o de los sistemas de gobierno. ¡Quelle horreur!

Un campanazo de alerta:

Pero soy de los que sueña. Sueño con un modelo económico más justo. El modelo de mercado, tal como está planteado, no funciona: es demasiado desigual. Mi experiencia personal me dice que siga a Baruch de Spinoza: lo bueno de hacer el bien es la satisfacción de ello. Y miren que he estado leyendo Fratelli-Tutti, la última encíclica publicada por el papa Francisco y me gusta mucho lo que escribe. No es sólo una cuestión de amor a quienes nos son cercanos, sino a todos. Pero al igual que pasa con los predictores de desastres: “El hombre está loco, qué va”, lo que importa en esta época son mis utilidades, mi dinero, mis dividendos, mis salarios impagados, sacar el mejor provecho de las situaciones…los demás: ¡a la mierda!

Como dijo Diógenes: “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, yo quiero a mi perro pero también a la gente honesta, trabajadora, luchadora, que no se rinde…

La nueva ropa

Eso de que como ahora nos vemos con muy poca gente o que siempre nos vemos con los mismos, no creo que debería justificar lo que algunos han dado por llamar ropa mínima. Mucha gente decidió que una camiseta y un pantalón es suficiente vestimenta para una o dos semanas de confinamiento. Ni que uno se fuera de autoestop por las vías, eso sí que no se le acerquen, porque uno empieza a verse mal y a oler mal. Entonces no nos afeitamos, no nos bañamos, porque para qué, si únicamente me va a ver mi esposa y mis hijos si mucho y a ellos no les importa o estoy solo ¿?.

Es muy cierto el refrán que dice que “El hábito no hace al monje”, pero se refiere a una actitud moral, no a la pereza de cambiarse de vestimenta o de bañarse. Ahora que no digan que porque debemos usar tapabocas todo el tiempo, la limpieza oral no es indispensable. Pero la gente quiere tener su libre albedrío o como dice el refranero español: “Cada uno es libre de hacer de su capa un sayo y de su culo un candelero”.

Hoy leía a Luz Sánchez-Mellado, columnista de El País de España, que resulta que los almacenes de ropa están promocionando el negro como color de temporada ¿qué tal?. Como si nos hubiéramos rendido al virus, faltaba más.

Lo que yo hago en mi cotidianidad es intentar disfrutar de todos los momentos. Por eso me levanto temprano, lo cual a mi edad no es una proeza, saco al perro a pasear y lo acompaño a que haga sus necesidades. Café para mi esposa y para mí y a hacer ejercicio cada dos días. Afeitada y baño diario y vestirme de manera normal, no necesariamente cambiarme de ropa a cada rato, sentarme a revisar correos, escribir, leer periódicos, hablar por teléfono con mis socios o amigos. Ya casi no veo noticieros porque todos presentan lo mismo: COVID-19, contagios y muertes, eso sí mi deformación de ingeniero critica que ni siquiera muestren la perspectiva completa de evolución de la pandemia y ahora: elecciones en Estados Unidos y las embarradas de Trump.

Salimos al mercado con tapabocas, alcohol y antibacterial. Allí encontramos todos estos especímenes de los cuales estoy hablando, sin bañarse, pantaloneta y una camiseta que viene de la guerra de Vietnam y gorra. Si los extraterrestres vinieran, se llevarían esta imagen de los habitantes de la tierra.

¿Será que sale algo positivo de los confinamientos? ¿Nos volveremos a apreciar? ¿Seguiremos luchando todos? De mi parte, sí.

¿Vida tranquila? A pensar se dijo.

Esta mañana he visto noticias de España, que dicen que los contagios están aumentando en las ciudades y algunas autoridades piden que se vuelva al confinamiento. Recomiendan a los catalanes no viajar a Madrid: las dos ciudades más importantes de España, sin conexiones presenciales: ¿aislacionismo? Es, guardadas las proporciones como si a los de Medellín no les permitieran ir a Bogotá, ¡Qué cosa tan difícil nos tocó! La economía cayendo, las manifestaciones en las principales ciudades de Colombia y muchos políticos tratando de sacar partido de la situación, pero sin proponer ninguna solución creativa que haga que este país provea suficiente sustento y futuro para las nuevas generaciones.

Particularmente tuvimos que cerrar el negocio, una pyme, pero que daba empleo a unas doce personas. No hubo manera de sobrevivir. Nos restringimos en gastos, para poder sobrevivir nosotros. Entonces nos acordamos de una pequeña casa de campo que la familia ha tenido desde hace bastantes años y nos devolvimos a ella, con la esperanza de que el 2021 sea mejor para reabrir nuestro negocio. Mientras tanto, para sobrevivir, debemos realizar tareas remotas fundadas en nuestras profesiones.

Pero lo bucólico le hace poner a uno los pies en la tierra, desde el punto de vista del equipamiento urbano. Afortunadamente, energía eléctrica ya no es un lujo, sino que es suministrada por alguna de las empresas. Agua a través de acueducto veredal, y lo primero que hicimos fue acostumbrarnos a ella, para no tener que estar comprando bolsas de agua más caras que la gasolina. Televisión, que renació en esta época, no hay problema: una antena, una suscripción y ya. Ahh… internet, porque si uno no tiene este servicio, pues no existe y lo que proveen los celulares es restringido. Ya hay conexiones satelitales que funcionan bastante bien, con un ligero retraso cuando se trata de conversaciones por WhatsApp y hace que uno recuerde la regla de urbanidad que dice que deje terminar al otro, antes de responder. Si hablan de manera simultánea, se pierde un poco de la conversación.

Mientras pensamos cómo vamos a rehacernos, contemplamos lo que trae la naturaleza: un ave, cuyo nombre no sé, llega a la copa del árbol. Tiene el tamaño de una gallina, pero con una cola mucho más elegante.

Un insecto, afortunadamente de sólo unos cinco centímetros de largo. La imagen de la izquierda es visto por encima y la de la derecha, de lado: absolutamente hermoso, pero podría aparecer en una película de ciencia ficción.

Las imágenes le recuerdan a uno lo bella que es la naturaleza y cuánto debemos protegerla. También le devuelven la fuerza para seguir pensando en ideas de cómo salir adelante ahora que toda la gente normal, media, estamos pasándola regular.

«Hay días que somos tan móviles, tan móviles…»

Hace unos años yo ejercía de ejecutivo de alguna compañía y tenía, lo que me parecía muy bueno, que viajar a diferentes sitios a visitar los proyectos que estábamos desarrollando es esos momentos. Así que es cierto, era yo bastante móvil. Tuve entonces la suerte de conocer algunas ciudades, aunque eso es bastante presuncioso: cuando uno viaja por negocios, conoce ciertamente los aeropuertos, las salas VIP, las oficinas de los clientes, buenos restaurantes y de pronto alguna que otra cosa cultural. Pero no llega a conocer las ciudades: uno está demasiado ocupado trabajando.

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Volviendo al punto, estuve en Lisboa (Portugal) y lo que conocí de esta ciudad me pareció de las experiencias más enriquecedoras por lo que pude ver de su arquitectura, sus palacios (¡hay que ver nomás donde queda la sede de la embajada colombiana!), el puente Vasco da Gama sobre el río Tajo, su gente, su comida, sus vinos oporto y verde y su música, en fin.

Estando en una de estas visitas un día antes de regresar a Colombia y ya solo, me fui a un pequeño restaurante (¿saben que no recuerdo el nombre?) y pedí en mi portugués bastante básico un estofado de carne de cabra. Al primer bocado que tomé, no digo mentiras, se me salieron las lágrimas. ¡Cómo iba yo a saber que en un sitio a diez mil kilómetros encontrara un plato con el mismo sabor y el mismo aroma al que preparaba mi mamá, hacía muchísimos años! No les miento, me transporté a las imágenes de mi casa, con mi mamá en la cocina y todo el lugar oliendo a las especias y las verduras y a las hierbas con las que preparaba el estofado de carne de cabrito… ummmh. Alguna vez he tratado de hacerlo, con otro tipo de carne:

No es igual, aunque me queda bastante bien.

Y tuve el privilegio de oir fados. Ahh ¡qué música tan bella! Aunque la palabra es casi intraducible, uno sabe que oír fados interpretados en esas guitarras portuguesas, es experimentar saudade. Ay. Si alguna vez se sienten nostálgicos hay montones de fados en Youtube y en Spotify. Uno que recomiendo es el que interpretan una cantante portuguesa, Mariza y un cantaor flamenco Miguel Poveda, se llama «Meu fado meu» y sientan la saudade.

Empecé esta publicación con el primer verso de la «Canción de la vida profunda», del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, que no se llamaba así sino que este era su seudónimo para cuando ejercía el oficio de poeta. Y me pareció que aplica muy bien a lo que quise relatar: «Hay días que somos tan lúgubres, tan lúgubres…»

¡Cómo es de difícil hacer ejercicio!

Empiezo a sacar toda clase de excusas para no ejercitarme:

  • Ya casi termina este confinamiento o peor, el gobierno lo acaba de prolongar hasta agosto 31
  • Mañana sí hago o hace mucho calor o mucho frío
  • ¿Cómo estará hoy el índice de contagios?
  • Honestamente, tengo pereza

Y así sucesivamente sigo y sigo, hasta cuando la pereza verdaderamente me va empezando a vencer. Ahí es cuando digo que antes, cuando me ejercitaba terminaba dolorido de muchas partes, pero me sentía bien conmigo: más ágil, más despierto y hasta veía algunos tejidos adiposos que habían disminuido, comprobado en la báscula. Y de vuelta a las excusas, tengo una conferencia por zoom y de ella me quedan tareas, que probablemente deba hacer en lugar del ejercicio.

Alguien me comentó que es mejor hacer ejercicio al aire libre… si el clima lo permite. El calor es sofocante y uno se desgasta mucho, digo. Pero este está bien, a las seis de la mañana.

Además, mejor acompañado que solo. Y viene otra posible excusa: encontrar un compañero o compañera apropiado, que no me exija más de lo que puedo, pero que tampoco se me vaya a quedar atrás. Ahh y recuerdo que no tengo una máquina que me ayude a mejorar mi desempeño y el gobierno no ha autorizado abrir gimnasios.

Por fin inflo lo suficiente mi voluntad y disciplina y empiezo mi rutina:

  • Calentamiento por unos seis minutos
  • Sentadillas por otros seis y ¡cómo duelen!
  • Aaaguaaa
  • Vuelvo a empezar con ejercicios de brazo, con pesas de 1kg en cada brazo, hacer unos seis diferentes, cada uno veinte veces
  • Uufff… aguaaa
  • Ahora al piso, abominables abdominales, otros seis diferentes en el mat
  • Planchas, me reto a resistir en la plancha por unos 30 segundos cada vez… lo logro
  • Ya… pasamos unos treinta y cinco minutos y empiezo a estirar todos los músculos que usé: los de las piernas, los de los brazos, los de la espalda, los del cuello, por unos 10 minutos siento que voy a destrozar mis músculos…

Pasamos la prueba de hoy, vamos a tomar café, oscuro, cargado y sin azúcar. Mañana será otro día, pero lo que es hoy, me siento bien conmigo mismo.

Solamente me queda empezar a trabajar o… aparece una mariposa con el número 98 o el 89 o el 68 o el 86, ¿será que Baloto todavía está funcionando?, porque hay que comprarlo.

Mi mente de ingeniero calcula las posibilidades del baloto, aún usando el teorema de Bayes con la información creíble de las alas de la mariposa y ¡uy!, no vale la pena el viaje ni la compra.

¡Seguimos luchando, escogemos lo mejor de lo que tenemos: siempre!

Ají ese condimento maravilloso

Hay una gran cantidad de gente, más de la que uno piensa, que no tolera el ají y resulta que los vemos como bichos raros, que no son capaces de aguantar picante. Pero uno debe repensar el asunto y verlos como vemos a los intolerantes a la lactosa o al gluten. Hay otros que hacen alergia al ají y eso es de cuidado. Sin embargo, para aquellos que disfrutamos el picante, sabemos que este condimento realza el sabor de las comidas, la carne sabe mejor, ni qué hablar de una buena empanada con ¡ají casero!. Hay además una gran cantidad de beneficios en su consumo: 

https://www.larepublica.co/ocio/conozca-10-beneficios-que-tiene-incluir-el-aji-en-la-dieta-segun-especialistas-en-nutricion-2729763

No tengo idea cuántas variedades de chiles o ajíes tiene México, pero creo que va por los cientos. Guardadas las proporciones, es como Perú y la papa, miles. También en India, Indonesia, Tailandia y todos esos países orientales, la comida está condimentada con esta maravillosa fruta. Un curry rojo de pollo es uno de los platos más exquisitos que uno puede probar, cuando le gusta el ají.

Pero volviendo a los ajíes en Colombia tenemos unas cuantas variedades locales y algunas que hemos logrado importar de México principalmente, como los jalapeños. Algunos de los locales son bastante picantes, lo que me trae a la cabeza que alguien desocupado hace tiempos hizo una medición de qué tan picante es cada ají y se inventó la escala Scoville:

VariedadNivel de picante
Pimentón0
Jalapeño2.500 a 10.000
Serrano10.000 a 25.000
Rocoto30.000 a 60.000
Habanero80.000 a 150.000

Y sí, el habanero es uno de los más picantes, tiene un nivel que al menos yo no puedo soportar. La escala está bien en los números, un habanero puede ser unas diez a quince veces más picante que un jalapeño. El rocoto es el ají que usan los peruanos para sus espectaculares ceviches. Algo que aconsejan quienes cocinan con ají es que uno le puede quitar las semillas y las venas a cada pimiento y así el picante es mucho menor: cierto.

Las plantas son bien bonitas. Un arbusto que se mantiene verde. 

La primera foto es de plantas de jalapeños. Tienen los frutos unos colores bellísimos, verde profundo y rojo brillante cuando maduran. 

La siguiente foto es de ají pajarito o chile piquín, chiquito, pero bravo. Verde oscuro cuando salen y rojo-naranja cuando maduran.

Esta otra foto es de un chile indeterminado, no he podido saber el nombre. Tiene un color verde cuando joven y luego se torna amarillo mate y la característica es que es un chile retorcido. Su nivel de picante es como el serrano.

También se pueden hacer diferentes tratamientos de secado a algunos ajíes con el fin de aumentar su duración. Normalmente se secan al sol, como los tomates. En la foto se ven algunos jalapeños secos, guindilla seca y un chile ancho seco. Este último es una variedad que no he visto en los cultivos colombianos, es mexicano y sirve para hacer la salsa roja que uno ve en las taquerías. El naranja es muy fuerte.

Si reconoce que no es intolerante o alérgico a los ajíes y quiere empezar a adentrarse en este mundo, mi recomendación es empezar con los jalapeños. Tienen muy buen sabor y si al principio, le quita las semillas y venas, el picante es bastante soportable y hace que la comida sepa muy bien. A propósito, los chiles chipotles, son una preparación con especias y usa jalapeños.

Disfruten un buen plato de comida con chiles…

Observando con coraje lo que se nos viene por delante

Hace bastante tiempo no escribo. Lo he atribuido a la situación actual de la pandemia, pero no sé. Será ¿pereza, frustración?. Lo que sí sé, es que yo escribo normalmente para mí y entonces dejo a un lado todo y decido sentarme frente al computador a escribir lo que se me ocurra, lo que sienta.

La época está un poco más dura de lo que nos imaginábamos. Ya se ve que países que estuvieron con muchos problemas, como España, empezaron a abrir sus fronteras y su economía. Pienso que lo mejor que han podido hacer los españoles fue abrir las barras de los bares, así puede uno volver a comer tapas y tomar una copa de vino o una caña y como no puede tener a nadie a menos de dos metros: mirarse al espejo que hay detrás de la barra.

Pero por acá la cosa no mejora mucho. Ciudades como Medellín y Bogotá han empezado a abrir negocios, en la costa Caribe se ha demorado todo. Como consecuencia tuvimos que cerrar nuestro emprendimiento, habiendo hecho una inversión en dinero y tiempo grandes. Conservamos la esperanza de volver a abrir en un tiempo corto y ver cómo se nos dan las cosas, porque el futuro será recomenzar como cuando abrimos hace casi un año: promovernos en todas partes, conseguir clientes, adoptar las nuevas medidas de sanidad y prepararnos por si vuelve una segunda ola del virus.

Vienen tormentas… Las deberé afrontar con toda mi experiencia ganada en estos años de vivir y saldré como lo he hecho de muchas crisis económicas, sentimentales, administrativas, ahh… de todo lo que he vivido: a punta de coraje.

Hoy me debato entre la frustración, la tristeza, la rabia y cuando el calor en esta ciudad está más fuerte, cuando el encierro me vuelve un poco esquizofrénico, derivo buscando salidas hacia la poesía que guardo en mis archivos sobre algo atribuido a Walt Whitman:

Somos seres, humanos, llenos de pasión.
La vida es desierto y tambien es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en
protagonistas de nuestra propia historia…
Pero no dejes nunca de soñar,
porque sólo a través de sus sueños
puede ser libre el hombre.

Los Poetas y los poemas

Con esto del tema de moda: la pandemia, alguien recordó un poema de la polaca premio nobel de 1996, Wislawa Szymborska, sobre lo peor que uno le puede hacer a un gato y es morirse. Y dice en alguno de sus pedazos: Morir —eso, a un gato, no se le hace/ Porque, ¿qué puede hacer un gato en un piso vacío?/ Subirse por las paredes.

Y pienso, nosotros que tenemos dos gatas, ay quedarían desamparadas y tristes, ellas que oyen a la distancia los pasos cuando alguno de los dos llegamos al edificio y nos sienten desde la entrada, a lo lejos, ya no serán los mismos, no los reconocerán. ¡Ahh qué cosa!

Me puse a buscar poemas para leer y recomendar. Que no es una tarea fácil, menos en esta época que mucha gente ya no está preparada para leer más de doscientos ochenta caracteres. Y es que los poetas logran decir con mejores palabras las cosas que uno hubiera querido decir si hubiera tenido el talento y la paciencia. Vean un ejemplo, la misma poeta Szymborska: Cuando pronuncio la palabra Futuro,/ la primera sílaba pertenece ya al pasado./ Cuando pronuncio la palabra Silencio,/ lo destruyo./ Cuando pronuncio la palabra Nada,/ … creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Los poetas hay que buscarlos por temas, no para aprenderse los poemas, sino para ver lo que se puede decir sobre la vida, la muerte, la condición humana, los seres, el amor, quién ha podido retratar mejor el vacío emocional o la desesperanza que León De Greiff: Juego mi vida, cambio mi vida,/ de todos modos/ la llevo perdida… 

O alguien por la vida como el argentino Carlos Alberto Boaglio, en algunos de sus versos:  A pesar de mis fracasos,/ mis pecados, mis caídas/… A pesar de que me trague mis verdades, mis mentiras./ A pesar de mis defectos, de mi cólera, de mi ira,/ A pesar de todo eso…/ Sigo apostando a la vida.   

No puede faltar en una búsqueda rápida y al azar, el poeta latinoamericano por excelencia, Neruda. Miren que este chileno le tiene poemas a la cocina, a la alcachofa, una oda al congrio y son muy divertidos. El poema XXI (más conocido es el XX, sobre el amor), sobre la muerte: Tengo lista mi muerte, como un traje/ que me espera, del color que amo,/ de la extensión que busqué inútilmente,/ de la profundidad que necesito.

Para terminar de contarles lo que he estado leyendo, del poeta cartagenero Raúl Gómez Jattin, un poco loco y drogadicto que murió en la indigencia, pero no obstante nos dejó poemas absolutamente bellos, cargados de realidad como este: Prometo no amarte eternamente,/ ni serte fiel hasta la muerte,/ ni caminar tomados de la mano,/ ni colmarte de rosas,/ ni besarte apasionadamente siempre/

Seguiré ¡apostando a la vida!

¿Y qué del día después?

Hay una gran cantidad de pensadores que están tratando de adivinar cómo será la sociedad después del COVID-19, nadie pone la mano en el fuego por sus propias elucubraciones, pero eso sí, todos coinciden en que será la oportunidad para construir una nueva humanidad y un nuevo modelo económico. ¿Cuándo? en treinta o cuarenta años y si fallan, pues no pasa nada. Lo muy cierto de esta pandemia es que al menos ha puesto a muchos a pensar en el planeta. 

Dice el sociólogo y activista Jeremy Rifkin, que la economía basada en combustible fósil se acaba, pero que antes de que eso ocurra, afortunadamente los jóvenes han empezado una revolución planetaria, que lo que está pidiendo es la protección de la misma humanidad, porque se perciben en peligro y además reconocen necesario proteger a todas las otras especies. Y esto es muy positivo.

Y es que lo del cambio climático uno como que no lo termina de entender. Rifkin pone un hecho: «por cada grado de temperatura que aumenta por los gases de efecto invernadero, la atmósfera absorbe un siete por ciento más de precipitaciones (agua) que por el mismo calor, caen más rápidamente, provocando nevadas en invierno, inundaciones en primavera, sequías e incendios en verano y huracanes en otoño» 

¿Y eso cómo nos afectará en Cartagena de Indias? Eventualmente lo hará. Pero mientras el veinticinco por ciento de la población de la ciudad (250.000 personas), no tenga las tres comidas diarias, los problemas del planeta son secundarios (¡que no lo son!) y la pandemia lo que hizo fue agravarlos y agrandarlos, porque ahora, los que proveen a toda esta cantidad de gente, tienen que salir escondidos y pendientes de que no les vayan a poner un comparendo inútil, porque de todas formas no lo podrán pagar. Y cerraron Bazurto, a falta de mejores ideas, para gente común y corriente y sólo los mayoristas y los minoristas (intermediarios) pueden entrar a comprar mercado allí. No se necesita ser un genio en economía para saber que los precios van a subir más, en esta ciudad tan costosa para todos. 

Yo no llevo suficiente tiempo viviendo en Cartagena de Indias, pero estoy casi seguro que la temporada de lluvias el año pasado, empezó como a mediados o finales de marzo. Estamos en la tercera semana de mayo y nada de lluvias. En otras partes del país llueve a cántaros y hubo un derrumbe hoy en alguna carretera por la cantidad de agua: eso es probablemente una prueba de lo que Rifkin dice y de que vendrán nuevas pandemias a no ser que los millennials hagan algo extraordinario.

¿Cómo lograremos salir? 

Desiderata

Hace unos días leí en el periódico que las UCI en España si hay colapso de atención, darían prioridad a aquellos pacientes con mejor probabilidad de sobrevivir… Alguien decidirá. Recuerdo en la película basada en el libro de Isaac Asimov, Yo Robot, donde un policía que posee un brazo biónico,  tiene una pesadilla recurrente donde un robot lo salvó en un accidente en lugar de a una niña, porque la probabilidad de sobrevivir de él era mayor que la de ella. 

Y la esperanza de las UCI no es que sea mucha, como decía el médico Javier Romero, invitado por Patricia Lara en su columna del 1 de mayo, sobre los pacientes con COVID-19: «Los estudios chinos determinan que el 80% de los que necesitan conectarse a un ventilador fallecen», entonces la decisión es sobre un 20% más de esperanza de vida:

«Tú eres una criatura del universo, 

no menos que los árboles y las estrellas,

tienes derecho a existir»

Desiderata. 

Más allá del significado de la palabra: las cosas que se desean, este poema famoso publicado en 1962 de Max Ehrmann, fue acogido por el movimiento hippie de los sesenta y lo declamaban diferentes personas con voz de baritono y una música de fondo tipo new age. 

Y en esta época muchos se han tomado el derecho a decidir por los demás, ya sea porque han sido gobernantes elegidos democráticamente o no. En Hungría, Viktor Orban quiere gobernar indefinidamente. En Filipinas, dicen que Rodrigo Duterte con poderes ilimitados ha dado órden de disparar a quien viole la cuarentena.  En Cartagena de Indias, nosotros los mayores de sesenta no podemos salir a hacer ejercicio (ya no lo necesitan, dirán otros) y no podemos pisar las playas porque nos lo prohibieron. O podría ser para no tomar la decisión en frente de las UCI totalmente ocupadas.

«Camina plácido entre el ruido y la prisa,

y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio»