Pajaritos

Como dicen en muchas películas, no sé si por mandato de ley o por convicción: «Acá no se maltrataron animales». Y es que las aves son muy ágiles, pero frágiles. Pues esta es la historia de algunos:

De nacimiento son francamente feos, es más bonito el huevo que cuando sale del cascarón. Las plumas se están formando y tienen el armazón, la estructura únicamente y esas pelusas en la cabeza, horrorosas. Se ven como si no fueran a salir adelante, la mamá o el papá o ambos, los cuidan de cualquiera que trate de acercárseles. La foto la tomé y salí corriendo antes que el pájaro cuidador se me viniera encima con toda su furia. El nido está hecho dentro de un racimo de plátano. Mi conocimiento pajaril no me da para saber qué tipo de aves son las que están en el nido.

Hay otros que como dice la canción: «…viene volando un pájaro amarillo», sólo que estos vienen en bandadas, que he contado unos 40 animalitos de esos. Llegan a comer y bajan al suelo, donde se ven vulnerables aunque no tanto porque los perros lo han intentado y ya ni siquiera los persiguen. Luego suben a unas palmeras y comen las semillas que carga la planta. Vuelven a bajar y podría jurar que son conscientes del riesgo de comer en el piso y están vigilando cualquier movimiento que pueda parecer de un depredador.

Los hay un poco más atrevidos que se aventuran dentro de la casa cuando encuentran ventanas abiertas. He tenido la suerte y la velocidad para agarrar algunos antes que los perros o la gata y los hay bellísimos como este de cabeza azul y cuerpo de varios colores (amarillo, verde, rojo, azul y negro), que luego supe que se llama Tángara real. Lo que hago normalmente con ellos es ponerlos de inmediato a salvo en la rama de un árbol lejos del alcance de los perros y el pajarito en cuestión se demora un momento en darse cuenta qué le pasó, antes de salir volando de nuevo. 

También hay que tratan de entrar a la casa creyendo que está abierta alguna ventana y se golpean contra el vidrio. Entonces es necesario salir corriendo y adivinar rápidamente de donde provino el sonido para recoger el pajarito antes de que termine mal. Le pasó al mirlo, que se golpeó duro y tuve que tomarlo en las manos y acariciarle la cabeza, el cuello y abrirle un poco las alas, todo con mucho cuidado para no ir a aumentarles la lesión. Si ven el copete del pájaro, perdió unas plumas con el golpe. A este mirlo lo puse encima de la rama de un limón y como a los diez minutos reaccionó y voló. Vean esas garras con las que me tiene la mano.

A otros el golpe los deja de mal genio. Este que llamaremos cejiamarillo, porque no tengo ni idea de qué especie es, se golpeó y luego que lo salvé de la gata, estaba bravísimo, quería picarme las manos. Salió volando tan pronto como abrí la mano.

Es una sensación muy especial esa de tener un ser tan frágil en las manos, saber que hay que soltarlo lo más rápido posible y que uno quiere seguir mirándolo por todas partes. El pico es una pieza linda de su anatomía y los colores que reflejan las plumas son hermosos. No debo hacerle mucha presión, porque le hago daño pero sí la suficiente para que no se me escape y la gata lo cace. Me quedo pensando que tengo en mi mano un ser que no sabe lo que le está pasando preso por un gigante y debo preservar esa vida.

También de vez en cuando llegan unos pájaros de gran tamaño como el de la portada del post, en la copa del árbol: una guacharaca de cola roja que hace un ruido muy particular parecido al instrumento musical que acompaña los sones de nuestra costa caribe y de las sabanas del Cesar y Bolívar. Tiene el tamaño de una gallina, pesa casi un kilogramo y tiene una cola bastante larga. Contrario a las gallinas, vuela muy bien y se la pasa en pareja de árbol en árbol. Empiezan a cantar como a las cinco y media de la mañana, así que hay que acostumbrarse al sonido de ellas e ignorarlas para poder seguir durmiendo. Parece que se dejan domesticar fácilmente, pero afortunadamente por acá prohibieron esa práctica o aún cazarlas.

Hay algunos que no lo logran, como este colibrí, que luego del golpe cayó al piso y no pude hacer nada, fué tarde y el golpe muy duro para su pequeño cráneo. Perdimos un ave hermosa. La enterramos.

Mi plaza de mercado

Las plazas de mercado siempre me han parecido deliciosas, por decir lo menos. Esa exposición que uno ve de frutas como piñas, naranjas, mandarinas, manzanas, mangos, aguacates, etc o verduras como lechugas, arvejas, habichuelas o cilantro en fin, o ir a la sección de carnicería son experiencias maravillosas, ni qué decir de la explosión de colores por todas partes. 

Durante el tiempo que viví en casa paterna visitaba a menudo la plaza de mercado del pueblo y aunque la sección de carnicería no me parecía lo más higiénico del mundo, acompañaba a mi papá a comprar la carne de la semana, que era cosa grande porque el almuerzo de todos los días (excepto el domingo) consistía en carne asada en brasas y en la casa estábamos mis padres, cuatro hermanos, mi abuela y dos empleadas, mamá e hija y la hija tenía un hijo mayor que yo. Sin contar con la esporádica aparición de alguien precísamente a la hora del almuerzo, que se servía a las 12 en punto. Luego de la compra de la carne y los demás víveres, alguien llevaba el mercado a la casa: un «caleta» como se denomina en los Santanderes de Colombia a quien lleva bultos a veces en hombros y otras en un carrito de ruedas balineras. 

La plaza de mercado de Pamplona se encuentra desde que yo tengo memoria, en un edificio muy lindo que fue declarado monumento nacional. Parece que lo construyeron hacia 1920, con lo cual acaba de cumplir cien años y sigue funcionando como plaza de productos al detal. El edificio según recuerdo, ocupa casi toda una manzana con varias puertas de entrada hacia el interior y otras sobre la fachada que llevan a  pequeños negocios mayormente de cacharrerías (aquellos almacenes donde uno consigue casi de todo) y solamente se puede entrar a ellos desde la calle. 

Por una de las puertas del edificio va uno a las artesanías, por otra a los granos, por otra a las frutas y verduras y así se distribuyen dentro del lugar. El edificio tiene dos pisos. Nunca fui al segundo porque siempre me pareció misterioso porque las puertas de los locales allí siempre estaban cerradas, aunque ahora me imagino que en ellos debió estar la administración.  

Hay un piso intermedio un poco laberíntico  donde se encuentran las carnicerías. Ahí están los dependientes vestidos de blanco (rojo), siempre con un cuchillo o un hacha cortando las diferentes piezas para la venta. Más hacia adentro del mercado había un sitio donde se encontraban ferreteros y posiblemente forjadores de cuchillos, machetes y hachas, además de cerrajeros. También en la misma zona de la plaza se encontraban las cocinas, que era el nombre que mi mamá les daba a los restaurantes a los cuales ella les tenía un cierto veto y entonces no íbamos. Por ese mismo lado de la plaza, pero al frente, se encuentra todavía en Teatro Jáuregui, en el cual disfrutábamos el matinal, cine de 10AM y uno sabía cuándo estaba por empezar la película porque por uno de los pasillos dentro pasaba corriendo un muchacho quien con eso se ganaba el derecho a ver la película y había sido elegido por el portero del teatro para correr el telón que contaba con su sistema de poleas y yo le tenía envidia a ese elegido que se acercaba tanto al telón y podía ver más cerca la magia del cine.

En la parte de atrás, frente al edificio, se encuentra aún una pequeña capilla de las monjas de Brighton a las que uno nunca veía, al menos las que estaban allí. Parece que esa clausura ya se cambió, porque hace un tiempo vi en el periódico de Cúcuta, La Opinión, que las monjas están dedicadas a la cocina gourmet – orgánica.

Debía tener yo unos seis o siete años y como vivía en un pueblo donde casi todo el mundo se conocía, pues andaba solo por las calles y en mi casa eso era normal. En una ocasión que me perdí y por estar metido no sé dónde perdí un zapato, alguien apareció a decirme cómo llegar a mi casa o a la de mis abuelos. En una de esas excursiones andaba ese día junto con un compañero de colegio y nos fuimos a la plaza de mercado hacia el área de frutas y verduras cuando de pronto mi compañero salió corriendo y yo no supe qué había pasado hasta cuando una de las vendedoras de frutas me agarró por un brazo y dijo: «Ahh si es el hijo de don Fernando y ¿qué hace robando frutas?». El otro se había llevado algo como una naranja o no se qué y corrió dejándome expuesto a la ignominia. Ha sido una de las mayores afrentas de mi vida, todavía la recuerdo. No supe muy bien qué pasó luego, si a mis papás les tocó pagar lo que se llevó mi «amigo» o qué. Como consecuencia de eso, durante mucho tiempo a mi me daba verguenza pasar por ese puesto de frutas del mercado… 

Sin embargo la cosa pasó y años después recuerdo que ya compraba las frutas allí donde me habían condenado sin juicio reus actum.

Pueblos lindos y valientes

Hay en Colombia pueblos con nombres espectaculares. Uno de ellos es Belén de los Andaquíes, al sur occidente del departamento del Caquetá. Nunca he ido y es posible que para llegar allá haya que atravesar carreteras que más parecen caminos de herradura, lo que quiere decir que sólo son aptos para caballos, burros y mulas. De hecho el viaje en carro desde Bogotá toma entre diez y doce horas pese a que la distancia en línea recta es de solamente 400 kilómetros y en carretera de 570 kilómetros lo que da una velocidad promedio de cuarenta y siete kilómetros por hora.

Pero hay otro hecho que hace de Belén de los Andaquíes un pueblo hermoso:

El 31 de diciembre de 2001 a las siete de la noche, la guerrilla de las FARC intentó tomarse el pueblo. Cuál sería la sorpresa de ese grupo armado cuando los habitantes del pueblo, con la emisora, el cura desde la iglesia y la discoteca con sus parlantes, decidieron poner a sonar villancicos, los habitantes pidieron paz y sacaron sábanas y se quitaron las camisas para que cesaran los disparos, y ¡lo lograron!, no hubo toma guerrillera.

Otro de esos pueblos de nombre lindo es Santa Catalina de Alejandría, donde nació la india Catalina y cuyo monumento está en Cartagena de Indias a unos cincuenta kilómetros de allí. Llamado así en honor a la santa obviamente nacida en Alejandría, Egipto. Ni idea porqué el virrey Sebastián de Eslava puso ese nombre al municipio y además porque por decreto ordenó: levantar iglesia, cementerio, sacristía, casa cural, plaza y cárcel. Como quien dice toda la presencia del estado… Vale la pena mencionar que el municipio en cuestión, limita con otro de un buen nombre: Piojó, con tilde en la segunda o, no piojo. Se puede visitar en Santa Catalina de Alejandría el Volcán del totumo donde la gente se hace tratamiento de piel utilizando el barro azufrado, las salinas de Galerazamba y el mar que se pone de color rosa en alguna época del año debido a unas algas. Es posible que en Colombia se conozca el sitio más como Galerazamba que como Santa Catalina de Alejandría.

Pero a lo que voy: Rómulo Bustos Aguirre nació en este pueblo caribeño. Uno ve la foto del personaje y tiene pinta de profesor, que de hecho lo es, pero uno de esos bien ilustrados:

«Doctor en Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense de Madrid; magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo; titulado en Derecho y Ciencias políticas de la Universidad de Cartagena y profesor de literatura en la Universidad de Cartagena».

Un día de estos le preguntaré, si tengo la oportunidad de conocerlo personalmente en qué consiste eso de ser doctor en ciencias de las religiones. El tipo no anda por las ramas en cuanto a los nombres de sus libros: «Palabra que golpea un color imaginario», «Muerte y levitación de la ballena y otros poemas» y otros. Pero sus poemas son lindos, profundos, bien escritos con ritmo caribeño.

Los poemas transcritos no sé si son de alguno los libros de nombre raro:

Poiesis

Cada mañana

con las calladas maneras de la ostra

reconstruyes con esmero

tu pequeño dios

a la medida de tu ignorancia

a la perfecta altura de tu abismo

Ínfima o deforme, te dices

una perla bien puede merecer el esfuerzo

sdr

Hay alguien que yo sé morándome

a J. Arleis

Hay alguien que yo sé morándome

Arrastra sus alas de ángel sonámbulo

como quien busca una puerta

entre largos corredores

Triste de sí

Pulsando inútil las cuerdas más dulces

de mi alma

Quizás me existiera desde siempre

¿De qué ancho cielo habrá venido

este huésped que no conozco?

Vida bucólica

Eso de la ilusión por la vida pastoril, autosuficiente con una gallina que dé huevos y una vaca que dé leche, no existe sino en los cuentos. Ahora que vivo en una casa con un terreno pequeño, veo lo complicado que es el campo y lo respetable de quienes viven de él. Para un citadino como yo, sacar una yuca de la tierra se convierte en un proyecto grande. De la educación del colegio recuerdo que la yuca es una raíz y entonces tomo el azadón que tengo, voy donde está el arbusto y empiezo a darle golpes a la tierra al principio de manera metódica pero a medida que me voy cansando me convierto en un energúmeno que le pega al terreno inútilmente. Convertirme en esto último no toma más de tres minutos porque trabajar con el azadón es un ejercicio brutal: me duelen la espalda, los brazos, las manos, las piernas y la cintura.. Hay que parar, descansar y volver a sacar más tierra: no me voy a dejar.

Como no he aprendido la forma de echar azadón y tampoco dónde diablos está la yuca, no sé si el proceso va a funcionar. En algún momento, golpeo algo como una raíz…destruyo la primera yuca que encuentro. Pero por lo menos me da un indicio sobre la geolocalización del tubérculo y finalmente, luego de unos veinte minutos de revolver la tierra como si fuera un tractor, encuentro algunas raíces que parecen comestibles. Triunfo total, cuatro yucas de buen tamaño y aspecto. Yo estoy cubierto de sudor y exhausto. Ahora, hay que cargarlas (pesan unos seis kilos), lavarlas, quitarles la corteza, partirlas por la mitad y sacarles una vena que tienen. El proyecto yuca tomó casi tres horas en total para cuatro unidades. En la noche siento una razón de porqué dicen que el campo es improductivo: no me puedo mover de la cama, me duelen unos músculos que no sabía que tuviera: a tomar acetaminofén. Al día siguiente viene un maestro que me está haciendo una reparación de un piso en la casa y cuando vamos los dos a mostrarle orgulloso mi trabajo, veo una familia de roedores que llaman ñeques (una especie de chigüiro de pelo negro más pequeño), que esos sí encontraron las yucas que yo no ví y el obrero se ríe de mi labor.

No me voy a dejar. Yo que he dirigido proyectos de implementacion de software complejo y desarrollo de aplicaciones, que eso sí sabe uno cuando empieza pero no cuando termina, no me va a superar esta cosa del campo y sus productos. Volveré a las yucas cuando pueda alzar de nuevo el azadón, que estimo será en unos tres o cuatro días. Pensarán que ya aprendí a sacar estos tubérculos, pues no pero lo seguiré intentando hasta la última mata.

Siguiente proyecto, bananos para comer. Esos por lo menos los ve uno, no como las yucas que las tiene que presentir. Pero tampoco es tan fácil el asunto. Me voy hacia el árbol más prometedor, que tiene un racimo hermoso. El banano para comer está a cuatro metros de altura y el racimo pesa unos 20 kilos. Mi mente de ingeniero calcula que si cae al suelo serán como unos 8.000 newtons: ¡UY! Hay que cortar el árbol y no dejar que el racimo golpee muy duro el suelo porque se dañan los frutos, por otro lado no sé que bichos hay dentro del racimo. Tengo un machete y ya casi lo sé usar. Tiene un filo peligroso y logra uno cortar de un tajo un árbol no muy grueso de plátano. Entonces hay que armar toda una parafernalia para evitar que los frutos se golpeen, que el racimo no le caiga a uno encima y una vez en el piso, cortarlo en gajos de unos quince frutos cada uno.

Cargue los gajos teniendo cuidado de no alterar el hábitat de los bichos adentro. Afortunadamente la tarántula que vivía en el racimo se va al lavar los bananos: yo no las molesto y ellas a mí, espero… tampoco. Casi un éxito, el ochenta por ciento de los frutos sirven.

Ahora tenemos para los dos de la casa unos 90 bananos para comer. ¡Eso es un montón!. Potasio en cantidades industriales. Menos mal que a los perros, que esos animalitos sí son indispensables en el campo, también les gusta comer bananos. Y los demás bananos, a regalarlos porque no tenemos ni idea de cómo comercializarlos.

No me voy a dejar de esto de las labores campesinas. Tengo toda mi vida para aprender. Respeto profundamente, más ahora, la labor de los campesinos que sacan frutos de la tierra para que podamos comer los citadinos ignorantes del trabajo detrás de sacar una yuca o un banano. Por ahora dada mi inhabilidad para las cosas que no se mueven, puesto que lo otro sería mucho más complejo, no tengo pensado el tener gallinas o cerdos o vacas o peces. Una vecina tiene cerdos y ella misma los sacrifica y los ofrece, a veces le compro carne.

Post Scriptum:

Murió nuestra gata Cosita, gran amiga y compañera por más de quince años. Una gata hermosa de una personalidad muy especial. Tengo bellos recuerdos de ella.

cof

Claro que no nos debemos “platanizar”

Debo empezar haciendo de GPS. Vivo en un país dentro de la zona tórrida. Esto quiere decir que no hay estaciones como las de los hemisferios sur o norte. El plátano en casi todas sus variedades: Guineo o Colicero, Pigmeo, Indio o Sato, Bocadillo o Murrapo, Hartón, Dominico Hartón y Dominico es una plaga, se dan hasta los dos mil metros de altura. Cuando uno corta una mata de plátano, hay vástagos que salen de la nada. Lo difícil es la recolección y la venta. Un racimo grande puede pesar treinta kilogramos y tener unos cien frutos, con lo cual un tipo común y corriente no lo puede alzar:

Vástagos:

Racimo:

Cuando nos vinimos a vivir a una finca, mi amigo Juan decía que no fuera a platanizarme. Y eso me lo decía con cariño y no por lo que la expresión ha significado en nuestros “Banana republics”. Pero últimamente he notado que eso de platanizarse le ocurre a más de uno y no únicamente a los que viven el el ámbito rural. Con todo el respeto que me merecen las opiniones de la gente, no concibo que alguien con el nivel de educación que quiera, diga en esta época que no quiere vacunarse contra el COVID-19. Será que piensan que con su actitud no llegaremos a la inmunidad de rebaño y entonces ¿la especie se va? O piensan como el otro día oí a Miguel Bosé, negacionista de pura cepa, quien dijo haber leído estudios que decían algo así como que la pandemia no era pandemia y que sólo era una estrategia de las farmacéuticas para hacerse más ricas. ¡Qué va! Eso sí es platanizarse, no ver ni pensar más allá de las narices. Las farmacéuticas SON ricas, sin necesidad de una pandemia.

Y es que los que no quieren ser vacunados (los hay de todos los tipos) se inventan cuentos que no se los creen sino ellos mismos, que como se requerían dos dosis, para que no se requieran tres, ahora van a combinar en una misma jeringa las vacunas de las diferentes marcas para poder inmunizar con una sola dosis y entonces eso es peligroso. ¡Claro que es peligroso, por eso no lo hacen!. Que un arcángel me dijo que no debía vacunarme porque eso iba contra la voluntad de Dios, cosa que no he oído decir al Papa quien me parece un tipo racional y muchas excusas más elaboradas que uno francamente no entiende.

Volviendo a la platanización, en mi país (no sé si en otros haya algo equivalente), mucha gente dice que el campo (la parte rural) “ennegrece, empobrece y embrutece” en una clara expresión racista, clasista y no sé qué más istas. No creo que esta expresión haya causado la crisis del campo que tenemos en Colombia, eso tiene raíces más profundas y más complejas y la platanización no la explica tampoco. Lo que sí hace la platanización es no querer aceptar los beneficios de la medicina actual por ejemplo, que ya no es como en la edad media cuando mucha de la medicina era peligrosa para la gente.

En fin, hay momentos en los cuales uno podría querer platanizarse, como cuando le cobran impuestos por ejemplo: hacerse el bruto a ver si por algún lado le rebajan, a ver si resulta.

Eso es platanizarse, abstraerse de una forma irracional de lo que pasa en el mundo exterior y en la ciencia. No nos dejemos.

¿Un mundo pequeño?

Aunque este tema se ha vuelto un lugar común, es necesario poner alguna nueva perspectiva sobre la especie humana y el planeta Tierra. El otro día haciendo zapping en mi casa me encontré un programa muy curioso en algún Discovery que se llama: Rincones secretos para nadar. A mí no se me habría ocurrido tal cosa: buscar sitios diferentes a ríos, mar, piscinas de casas o de hoteles. Uno de ellos mostraba que en alguna parte del planeta, hay una cosa que creo era como un silo abandonado, lleno de agua y oscuro y ya no ví más, porque me produciría miedo estar ahí metido con ese montón de agua y paredes…

Parece que cada vez eso de la búsqueda de sitios inexplorados de la Tierra, se vuelve más difícil por lo conocido, a cambio se volvió esotérico o estúpido. Se acabaron los programas de viajes, los que mostraban aquellos sitios de una cultura o de una religión o de algo representativo de la historia o que mostraban a unas latitudes, animales de otras latitudes y que en el fondo propendían por un cuidado a aquellos sitios o especies, porque ¿ya se consideran programas aburridos? Me imagino que sí, que lo son para las nuevas generaciones. ¿Ya hemos conocido todo el planeta Tierra? Claro que no. Sigue habiendo sitios inexplorados (afortunadamente) y animales que se han protegido por no haberse divulgado su existencia.

Ví una noticia que es tendencia, Bezos paga no sé cuántos millones de dólares para irse al espacio y hubo una puja sobre quién lo acompañaba, me imagino que para aquello del pitch, pero con más minutos que los de subir en un ascensor con él. Así que alguien pagó otros millones de dólares para estar al lado de Bezos durante su travesía en el espacio: en la nada, sin gravedad. Ahora bien, miles de personas han firmado una petición para que Bezos no vuelva. Un tipo cuya fortuna es de US$186 mil millones, más que el PIB de la mayoría de naciones africanas o latinoamericanas, necesitará otro planeta para seguir haciéndose más rico. Igualmente pero al contrario, toda población por debajo de la línea de pobreza (¿mil millones de personas?) también necesita además de un nuevo modelo económico, otro planeta a ver si les va mejor. Me recuerda todo esto una película: Elysium, donde todos los ricos de la Tierra se van a vivir a una estación espacial gigantesca, aporofobia

Pero es que esta epecie humana,que afortunadamente tiene excepciones, es depredadora con todo: destruímos selvas y habitats, acabamos con el agua, con el aire, extinguimos especies. Entonces necesitamos irnos a otro planeta o al menos deberían hacerlo los más depredadores a ver si en otro planeta les ponen coto a su instinto. Conocí un personaje que colgaba unas plantas de ramas de un árbol y entonces le clavaba al árbol unos pedazos de varilla de acero de ½ pulgada para poder trepar al árbol con facilidad y estoy seguro de la inconciencia del personaje para con el árbol: ¡qué horror!. ¿Cómo es posible que haya una persona pensante que crea que esto no hace daño a un árbol? Creo que muchos de aquellos que atentan contra el planeta ni siquiera tienen conciencia de lo malo que hacen. No fueron educados para proteger.

No es posible que la Tierra nos quede chiquita para llegar a nuestros desarrollos personales, no es posible que porque el modelo económico nos presiona para hacernos más ricos, debamos destruir este planeta Tierra e irnos a otro a hacer lo mismo… Pero quiero ser optimista y confiar en mucha gente que está haciendo cosas buenas, los ecologistas, los verdes verdes, mucha de la academia y algunos gobernantes que están trabajando en eso. Para proteger a las nuevas generaciones debemos ser solidarios y combatir lo que le hizo decir a Greta Thunberg:

Han robado mis sueños y mi niñez con sus palabras huecas… Estamos en el comienzo de una extinción masiva, y de lo único que ustedes pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno”

No reservations

Se estrena el próximo julio un documental hecho por el director Morgan Neville, “Roadrunner: A film about Anthony Bourdain”. A Neville lo reconozco porque hizo otro documental muy bueno: “The music of strangers: Yo-Yo Ma and the Silk Road Ensamble”. Y al menos el trailer sobre Bourdain, se ve bastante bueno y esperemos que sea un homenaje a su trabajo y su trayectoria, ahora que se cumplen 3 años de su muerte.

No me imagino a Bourdain el día 6 de junio de 2018, ¿Sería que ya estaba pensando en el día 8, pasado mañana? ¿Que tan terrible será el desenlace, si uno sufre de ese silencioso y horrible trastorno que no lo deja ni pensar? Para los que tenemos algún grado de lo que puede ser depresión y quiero ser empático, sin polémicas ni polarizaciones (que en eso mi país es experto), sin abordar el asunto ético o religioso, la partida del mundo de Anthony Bourdain fue muy digna, mas su familia y amigos debieron sufrir lo indecible y para ellos mi solidaridad. Y en ese momento hace tres años, nos enteramos que el hombre sufría de depresión. Que es una cosa jodida pero no vergonzante, que afecta mucho más a quien la sufre pero también a quienes lo rodean y a quienes lo quieren. Y no respeta condición, ni plata, ni éxito. Se sufre y se trata de vivir con eso.

Pero algo nos mostró Bourdain y es que hay que vivir la vida y disfrutarla al máximo. Él representaba todo lo que uno quiere hacer cuando le gusta la cocina y la toma como profesión. Fue chef en un restaurante famoso y caro (Les Halles, NYC) y luego alguien descubrió que con esa voz de barítono y su simpatía, podría hacer programas de televisión, cosa que logró con mucho éxito. Al momento de su muerte, hacía para CNN «Parts unknown» y antes hizo lo que dió título a este post, «No reservations», también había escrito varios libros, entre ellos “Kitchen confidential”, que lo lanzó a la fama de los escritores.

No sé cómo llegó Bourdain a la cocina, pero sin duda, marcó una época en la cual además de la buena mesa, el respeto a las culturas y costumbres de las regiones y de los ingredientes se volvieron gracias a él: fundamentales. Era carismático: en un viaje a Colombia, en Bogotá fue a comer lechona (cerdo relleno con su propia carne, hecho en horno de leña) al barrio Olaya y bandeja paisa (una comida que es una inyección de colesterol directo a la aorta, pero deliciosa) en Manrique, un barrio luchador estigmatizado de Medellín. En cada uno de los sitios a los que iba, fumador impertinente en el sentido literal de la palabra, probaba el licor del sitio; aguardiente en Colombia, vino en Argentina, vodka, whisky, ginebra, etc y bebía cerveza, siempre acompañado de buena cocina.

De verdad creo que Bourdain sí sabía de cocina, a veces dentro de lo que mostraba en sus viajes se notaba. Él tenía lo que se llama respeto por los ingredientes, por la cultura y por los cocineros. Recuerdo un viaje que hizo a Alaska, donde comió, con las manos desnudas, con toda una familia esquimal, sentados en el piso de la cocina, una foca recién cazada (sin cocinar), porque es la costumbre allí y sintió que debía honrarla, pero además le gustó la comida y la experiencia. Mostraba cómo era la cocina en cada uno de los sitios que visitaba. Qué y cómo se comía sin ninguna pretensión, sin ningún alarde de sus estrellas Michelin, nada de esas jodas de maridajes perfectos y que el vino blanco con no se qué y el Pinot Noir con algo que tampoco sé o que si lo sé, no me importa. ¡Naa! cocina y punto. Si quiere hay cerveza, whisky, gin y hasta vinos y ahí sí, hable de los sabores, de los espirituosos y que una cosa no necesariamente lleva a lo otro.

Tampoco intentó hacer uno de esos realities en los cuales un supuesto chef famoso (y el esquema se repite en cada país), grita e insulta a los concursantes y les baja su autoestima porque es más importante el negocio de la comida que el disfrute de la cocina y la pandemia los estrelló contra el piso. O uno que estuvo de moda hace un tiempo en el cual el chef (un tal Guy no sé qué) cocina unas cosas horrorosas, llenas de grasa y para complementarlas les pone queso encima: ¡Ughh! No, Anthony Bourdain no hacía nada de eso: él era respetuoso con la gente, con los cocineros, con los clientes.

Bourdain defendió vehementemente a su compañera Asia Argento, ella, víctima del acoso del depredador Weinstein. Lo tenía ¿todo? No, sólo depresión. Apareció que perdió su fortuna, como sugiriendo que la depresión fue a causa de eso, no creo, probablemente fue al contrario. Parece que mucha gente le empezó a echar culpas por doquier y entonces otra actriz, Rose McGowan, escribió una carta al público que vale la pena leer porque presenta el sufrimiento y lo que se debe tener de comprensión.

He sido fan de Bourdain desde cuando ví sus programas de televisión y seguiré siéndolo de su legado. Espero con ansias el documental de Morgan Neville. He llegado a una mayor edad de la que él llegó, no seré famoso como él fue, pero sí me considero haber sido exitoso profesionalmente. Ahora en la tercera edad, quiero disfrutar lo que pueda en las aficiones que me quedaron y tratar de dejar algo escrito en este blog o en algún libro o qué sé yo, cantando.

En la versión que tengo de “Confesiones de un chef”, en la parte final dice Bourdain:

Yo estaré bien aquí. Hasta que me arrastren fuera de la cadena. No voy a irme a ninguna otra parte. Espero. Ha sido una aventura. A lo largo de los años, hemos dejado atrás algunas víctimas. Ha habido destrozos. Ha habido pérdidas. Pero no habría dejado de aprovechar esta aventura por nada del mundo”

Cierto.

Bots: ¿para estafar?

Creo que todo empezó con unas llamadas al celular, de esas que aparece el número pero que como no está en los contactos de uno, pues no tiene un nombre asociado. Tal vez, aunque suene a ciencia ficción, en una de esas llamadas que uno responde porque nosabequiénpuedaestarllamandoydeprontoesimportante, probablemente le instalaron un bot al celular. Simultáneamente hackearon la cuenta de Instagram. Y ahí empezó la odisea. Llamó un amigo al teléfono diciendo que a través de Whatsapp estaban pidiendo dinero a nombre de uno para una supuesta campaña de solidaridad con aquellos que ¡no se podían vacunar contra el COVID-19!. Y hacen la cosa muy creíble porque como tienen los datos, ponen una foto de uno con la familia y se expresan como uno en los mensajes. Uno quisiera que la inteligencia que tiene esta gente para el delito la dedicara a crear empresas, negocios, empleo en esta pandemia, pero no, no lo hacen, no son tan inteligentes. Y empezaron a mandar mensajes desde la cuenta de Instagram, con no se sabe con qué objetivo, a lo mejor propagar el bot.

Y entonces hay que corregir lo que uno pueda del problema, porque no sé si es el karma o la culpabilidad que la educación religiosa le mete a la gente que si le pasa algo malo a alguien conocido, debe ser por culpa de uno. ¡qué va!. Uno no es culpable de nada de eso.

A cambiar claves, a reportar a las redes, quienes se toman su tiempo en dar respuesta. A enviar mensajes a todos los conocidos y a todos aquellos con los cuales uno cruzó un simple mensaje de Whatsapp alguna vez. Y es que estos son muchísimos y a uno se le olvida, no son solamente los más recientes sino a todos los contactos. Y advertir a todo el mundo que no, que no es uno el que está pidiendo dinero, sino que alguien los quiere estafar. Reporten y bloqueen el número en Whatsapp.

Denuncie en la página de la policía y trate de tener toda la información que pueda de manera que la pueda reportar en la denuncia. Y espere a que le envíen un correo diciendo que en cinco días hábiles le avisarán sobre cuál es la oficina que se va a encargar de darle trámite a la denuncia y ya.

Mientras tanto, lidie con su sentimiento de culpabilidad, con el estrés que le produce el hecho de ser violada su intimidad y que alguien extraño sepa toda la información que uno, inocentemente, ha compartido en cualquiera de las redes sociales, fotos, relaciones, amistades, etc.

Y a todas estas, ¿alguien se hace responsable de esta inseguridad? Naa. Ni las redes, ni los celulares, ni Gates, ni Bezos, ni Zuckerberg, ni los gobiernos, ni nadie: uno queda solo, solo con su problema. Arréglelo como pueda.

Esta historia es real, acaba de ocurrirle a mi esposa y en cosa de dos días tuvo que hacer todo eso que relato. En las publicaciones, en los sistemas de mensajería a través de celulares, no manden datos personales sensibles…

En fin, queda uno empeloto ante el mundo cuando le ocurre algo así y qué mala es la respuesta de todos los sistemas, no hay nadie que lo apoye y uno quiere que ojalá el delito no quede impune y uno descubierto ante el mundo en su vida privada.

Horacio Ferrer

De mis viajes a Buenos Aires tengo buenos recuerdos e inclusive un amigo que me enseñó una cantidad de cosas argentinas incluyendo buena comida y vinos extraordinarios. Ahora bien, de la inmensa cultura que tiene la ciudad, supe de un poeta que el próximo dos de junio cumpliría ochenta y ocho años: Horacio Ferrer. Se lo llevó la vida que debió llevar, con grandes placeres y días y noches largas. O al menos eso espero yo: que hubiera tenido muchas noches de bohemia al lado de músicos y poetas grandes de Latinoamérica. Fue Ferrer reconocido no solamente dentro del ámbito tanguero o en el Río de la Plata y sus canciones con Astor Piazzolla son suficientemente recordadas. Uruguayo, pero nacionalizado argentino. Murió en 2014.

Yo creo que el hombre nunca fue joven. Cuando uno busca información de Ferrer, se encuentra con un viejito calvo, bigote y barba casi nunca retratado sin su pañuelo anudado en el cuello y vestido de colores. Ahh y una flor en el ojal de la solapa. Una vez, hace muchos años, me lo encontré caminando, (ambos caminábamos) por la calle Florida en Buenos Aires, pequeño, altivo, enjuto y elegante a su manera. Despedía un aura de respeto, de bohemia y de suficiencia de quien ha sabido vivir. ¡Bien por él!

Y también escribió libros. No he leído ninguno. Voy a ver si se pueden descargar de algún lado. Eso lo apreciaría el viejo. Ferrer, en sus escritos hablaba de tango y de Buenos aires y de él:

…Chiquilín, 

dame un ramo de voz,

así salgo a vender,

mis vergüenzas en flor.

Baleáme con tres rosas

que duelan a cuenta

del hambre que no te entendí,

Chiquilín

Así que el hombre sí escribía bien. Muy urbano, pero muy bien. Tal vez su obra más conocida, para nosotros los legos, es la «Balada para un loco», que ha sido interpretada por casi todos los que cantan tango. Con música de Piazzolla, la cantó Amelita Baltar por allá por el final de los años sesenta.

«Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…

yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;

y a vos te ví tan triste…¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!…

el loco berretín que tengo para vos…»

Ella, canta con el corazón, desafina pero gusta. No la oigo mucho.

De las cosas que escribió Horacio Ferrer, la que más me gusta es la “Balada para mi muerte”:

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,

mi penúltimo whisky quedará sin beber,

llegará, tángamente, mi muerte enamorada,

yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies

Él inventaba palabras, como muchos poetas, como León De Greiff: tángamente. Por supuesto lo que más me llega al alma es dejar esos dos tragos de whisky sin beber, pero hay que dejarle algo a los que lleguen.

La obra para orquesta sobre Carlos Gardel: “Oratorio Carlos Gardel para Orquesta Sinfónica, Coro Mixto, Solistas y Recitante”, cuyo primer movimiento es “En una iglesia de Medellín”, Colombia, donde en los años 30 se accidentó el avión el el que viajaba Gardel. Yo no sé si los tangueros argentinos alguna vez perdonaron a los antioqueños por este accidente. Yo no estoy muy seguro de poder oirla completa, aunque el título me llama poderosamente la atención, sobretodo la aparición del “Recitante”.

Otra obra de Ferrer junto con Piazzolla es la de «María de Buenos Aires», opera-tango, de unas 16 canciones y que vale la pena oir todas comenzando por la Milonga o Milonguita de la anunciación. Me gusta mucho la versión de Carina Gríngoli.

Y bueno queda por decir que uno podría seguir hablando de Horacio Ferrer por muchísimo tiempo y que le gustaría conocer más de su obra. Falta mencionar el Yo payador, alteración del Yo pecador:

Yo payador me confieso

al amor todopoderoso,

a la bienaventurada siempre guitarra mía,

al bienaventurado san Gabino Ezeiza,

al bienaventurado san José Betinoti,

a los nuevos apóstoles

del verso criollo en el asfalto,

y a vos, hermano,

porque he cantado, simplemente

con mi sentimiento, palabra y copla.

Cilantro – Perejil – Zanahoria – Cicuta

Hace un tiempo tomé un curso de cocina que apareció en Coursera, dicho sea de paso qué bueno que aparecieron estas plataformas de cursos on line porque se siente uno bien tomándolos y los de Coursera particularmente. Además muchos gratis. En fin, el curso lo dictaron unos investigadores culinarios de una prestigiosa universidad de Hong Kong y en una de sus sesiones, discutimos acerca del cilantro y su contribución a la cocina.

Muchos de los participantes, no estoy seguro de sus nacionalidades o procedencias, dijeron que esa hierba ¡les sabía a jabón!. Primera noticia que yo tenía de algo como esto: ignorante uno. Pero sí, resulta que a muchos la hierba les sabe a jabón. Dicen que es por los aldehídos que contiene la hierba, similares a los del jabón. Parece que el asunto es genético: uno nace con esa característica. Recuerdo entonces que hay personas con ciertas condiciones o alergias a sabores y a olores que mucha gente considera del común: enfermedad celíaca (gluten = pan, ¡cerveza! y otros), alergia o intolerancia al ají (a la capsaicina, comidas picantes), etc. A estas personas les digo que desafortunadamente les toca cambiar placeres como una buena cerveza, aunque creo que los celíacos pueden tomar buen whisky o una comida picante mexicana o india, por alguna otra cosa, como los estudios profundos o el sexo.

Volviendo al cilantro, resulta que pertenece a la familia de las umbelíferas, nombre espectacular que proviene del latín umbella, que significa algo así como parasol o paraguas (umbrella) en inglés. Y es que las flores forman unos racimos hermosos que parecen pequeños paraguas. Esta familia es curiosa, porque a ella pertenecen plantas tan diversas como el perejil, la zanahoria, el eneldo, el hinojo o la cicuta. Esta última es famosa porque se la dieron a tomar como veneno al pensador griego Sócrates.

El cilantro tiene variedades. Las más conocidas en Colombia son el delfino, de hojas muy delgadas y florecitas rosadas que yo particularmente prefiero, o el cimarrón, de hojas planas de unos dos centímetros de ancho y cuyo sabor es más fuerte que el delfino. Cualquiera de los dos cilantros que les menciono es muy bueno. Hay que probar un sancocho con una, dos o tres carnes (monofásico, bifásico o trifásico se denominan en Colombia) con cilantro y un buen picadillo de cebolla larga (junca o de verdeo) y más cilantro: ¡que se me hace agua la boca de pensarlo!.

Ir un poco más allá, unos langostinos:

Ingredientes para cuatro personas:
  • 2 libras de langostinos U16 a U20
  • 1 diente de ajo finamente picado
  • ½ cebolla cabezona finamente picada
  • 1 ají jalapeño sin semillas, finamente picado
  • ½ taza de cilantro finamente picado
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 taza de crema de leche
Preparación
  • Limpie bien los langostinos, pero deje las colas porque aportan sabor
  • En una sartén sofría en aceite de oliva la cebolla, el ajo y el jalapeño durante dos minutos a fuego medio
  • Incorpore los langostinos en el sofrito hasta cuando tomen el color rosado
  • Incorpore el cilantro y la crema de leche y deje cocinar por un minuto más, para que la crema tome temperatura
  • Sirva inmediatamente

El cilantro es una de esas hierbas para disfrutar plenamente, si les sabe a jabón, reemplacen el cilantro por perejil o hinojo en el caso de comida de mar.

La hierba ha estado presente en la cocina latinoamericana desde tiempos inmemoriales, la comida mexicana o la peruana o la colombiana o la venezolana, o la brasileña: en fin toda está impregnada de ese sabor a jengibre y a limón característicos del cilantro y que nos recuerdan los olores de nuestras casas ancestrales en las cocinas…