Cilantro – Perejil – Zanahoria – Cicuta

Hace un tiempo tomé un curso de cocina que apareció en Coursera, dicho sea de paso qué bueno que aparecieron estas plataformas de cursos on line porque se siente uno bien tomándolos y los de Coursera particularmente. Además muchos gratis. En fin, el curso lo dictaron unos investigadores culinarios de una prestigiosa universidad de Hong Kong y en una de sus sesiones, discutimos acerca del cilantro y su contribución a la cocina.

Muchos de los participantes, no estoy seguro de sus nacionalidades o procedencias, dijeron que esa hierba ¡les sabía a jabón!. Primera noticia que yo tenía de algo como esto: ignorante uno. Pero sí, resulta que a muchos la hierba les sabe a jabón. Dicen que es por los aldehídos que contiene la hierba, similares a los del jabón. Parece que el asunto es genético: uno nace con esa característica. Recuerdo entonces que hay personas con ciertas condiciones o alergias a sabores y a olores que mucha gente considera del común: enfermedad celíaca (gluten = pan, ¡cerveza! y otros), alergia o intolerancia al ají (a la capsaicina, comidas picantes), etc. A estas personas les digo que desafortunadamente les toca cambiar placeres como una buena cerveza, aunque creo que los celíacos pueden tomar buen whisky o una comida picante mexicana o india, por alguna otra cosa, como los estudios profundos o el sexo.

Volviendo al cilantro, resulta que pertenece a la familia de las umbelíferas, nombre espectacular que proviene del latín umbella, que significa algo así como parasol o paraguas (umbrella) en inglés. Y es que las flores forman unos racimos hermosos que parecen pequeños paraguas. Esta familia es curiosa, porque a ella pertenecen plantas tan diversas como el perejil, la zanahoria, el eneldo, el hinojo o la cicuta. Esta última es famosa porque se la dieron a tomar como veneno al pensador griego Sócrates.

El cilantro tiene variedades. Las más conocidas en Colombia son el delfino, de hojas muy delgadas y florecitas rosadas que yo particularmente prefiero, o el cimarrón, de hojas planas de unos dos centímetros de ancho y cuyo sabor es más fuerte que el delfino. Cualquiera de los dos cilantros que les menciono es muy bueno. Hay que probar un sancocho con una, dos o tres carnes (monofásico, bifásico o trifásico se denominan en Colombia) con cilantro y un buen picadillo de cebolla larga (junca o de verdeo) y más cilantro: ¡que se me hace agua la boca de pensarlo!.

Ir un poco más allá, unos langostinos:

Ingredientes para cuatro personas:
  • 2 libras de langostinos U16 a U20
  • 1 diente de ajo finamente picado
  • ½ cebolla cabezona finamente picada
  • 1 ají jalapeño sin semillas, finamente picado
  • ½ taza de cilantro finamente picado
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 taza de crema de leche
Preparación
  • Limpie bien los langostinos, pero deje las colas porque aportan sabor
  • En una sartén sofría en aceite de oliva la cebolla, el ajo y el jalapeño durante dos minutos a fuego medio
  • Incorpore los langostinos en el sofrito hasta cuando tomen el color rosado
  • Incorpore el cilantro y la crema de leche y deje cocinar por un minuto más, para que la crema tome temperatura
  • Sirva inmediatamente

El cilantro es una de esas hierbas para disfrutar plenamente, si les sabe a jabón, reemplacen el cilantro por perejil o hinojo en el caso de comida de mar.

La hierba ha estado presente en la cocina latinoamericana desde tiempos inmemoriales, la comida mexicana o la peruana o la colombiana o la venezolana, o la brasileña: en fin toda está impregnada de ese sabor a jengibre y a limón característicos del cilantro y que nos recuerdan los olores de nuestras casas ancestrales en las cocinas…

Alguna oda a la vida: a pesar de la pandemia

Sigo retando mi inteligencia al leer libros de disciplinas diferentes a la mía ya que los de esta última o me da pereza leerlos o definitivamente ya no los entiendo. Tratar de entender cosas escritas de áreas del conocimiento en la cual uno no ha tenido bases suficientes es complicado. Pero a la larga esta búsqueda de algún saber se convierte en un viaje enriquecedor.

Mi abuelo tuvo cáncer en los años 60. Era un hombre de una madera diferente a la nuestra o a la mía al menos. Un día (ya tenía la enfermedad, evidentemente) se levantó de su cama muy temprano, desayunó y se fué a la terminal de transporte donde tomó un taxi y viajó a otra ciudad distante unas tres horas. Cuando llegó, se fué a una clínica, se hizo quitar un lunar que tenía en la espalda y que le dolía y le producía picazón y sin mediar ninguna recuperación, volvió a tomar otro taxi y se devolvió a la casa, a tiempo para la comida que se servía invariablemente a las seis de la tarde.

Desde hace años me produce fascinación cómo esta enfermedad llamada cáncer (o enfermedades, más exactamente), empieza y crece dentro del cuerpo humano y este crecimiento lo hace de manera que parecen células buenas con algún pequeño “defecto” de ADN, o algo así. Esto me ha intrigado durante mucho tiempo y me ha producido temor y respeto hacia la enfermedad, pero a la vez un sentimiento de una travesía inexorable.

Para mejor ilustración de aquellos que no somos médicos, hace un tiempo apareció un libro de un escritor de ascendencia india, Siddartha Mukherjee: «El emperador de todos los males» sobre el cáncer. Es un médico Ph.D y ganó premio Pullitzer. En él, de una manera bastante accesible se plantea: ¿podemos imaginarnos en el futuro un final del cáncer? ¿Es posible erradicar para siempre esta enfermedad de nuestro cuerpo y de nuestras sociedades?

dentro de las cosas que dice está el hecho que el cáncer ha estado presente desde el comienzo de la humanidad puesto que se han encontrado momias con tumores cancerosos principalmente en los huesos, que son los que se preservan. La enfermedad está estrechamente ligada al ADN humano, por lo cual se hace muy difícil encontrar una cura definitiva desde la medicina. Yo me imagino que en el medioevo no se sabía mucho de la enfermedad porque la gente ni siquiera llegaba a la edad de mayor propensión a contraerla. Por otra parte, ahora además somos capaces de producir nuestras propias causas del cáncer, como el cigarrillo o el asbesto.

Mi abuelo murió dos semanas después de aquel viaje porque la enfermedad le hizo metástasis en varios órganos. Muchos años he tratado de evocar y entender el sentimiento de rabia de mi mamá, porque ella siempre le echó la culpa de la metástasis a la operación brutal, a todo el proceso y al médico que se la hizo.

Pero ahora la enfermedad, al menos alguna de ellas, es tratable sobretodo en las etapas tempranas y eso nos hace confiar en los médicos, en las medicinas, en los investigadores. Todos moriremos o de cáncer o por la pandemia o por algún accidente, o por cualquier causa. Lo que no sabremos es cómo. Una poeta peruana, Blanca Varela, lo expresa con mucho acierto en un poema que transcribo:

Nadie nos dice cómo…

Nadie nos dice cómo

voltear la cara contra la pared

y

morirnos sencillamente

así como lo hicieron el gato

o el perro de la casa

o el elefante

que caminó en pos de su agonía

como quien va

a una impostergable ceremonia

batiendo orejas

al compás

del cadencioso resuello

de su trompa

sólo en el reino animal

hay ejemplares de tal

comportamiento

cambiar el paso

acercarse

y oler lo ya vivido

y dar la vuelta

sencillamente

dar la vuelta

Ojalá uno pudiera hacer lo del elefante y tener la claridad de haber estado bien el tiempo vivido, no tranquilos porque eso sería muy aburrido, pero sí que uno pueda decir lo que me dijo alguna vez un presidente de una compañía: “Esta empresa me lo dió todo, pero yo también a ella: estamos en paz”.

Lo que llevamos de investigación, progreso, cura del cáncer como especie humana, hace que podamos confiar en el futuro y que seamos capaces de sobreponernos a estos y otros obstáculos y sobrevivir a la pandemia actual y las futuras.

Tenemos la esperanza de que la especie seguirá, lo que se traduce en que nuestros descendientes lo harán. Falta únicamente ser conscientes de nuestro buen devenir y de cuidar el planeta que por ahora es nuestra única casa.

Reencontrando a Guastavino

En estos días cuando se vienen nuevas cuarentenas en las ciudades debido a la tercera o cuarta ola de contagios, no sé cuál, me encontré una canción bellísima en Spotify y entonces, con mi manía de la completitud, empecé a buscar autor, versiones, etc. Resultó que pertenecía a una serie de canciones de cuna, compuestas sobre textos de Gabriela Mistral (poeta chilena, nobel de literatura 1945) por un músico argentino, Carlos Guastavino. De pronto, se conoce la versión de Serrat de una canción de Guastavino, «Se equivocó la paloma», texto de Rafael Alberti, español. Que la recuerdo, porque en mi graduación como ingeniero, la cantó el coro de la universidad y creo que estaban en lo cierto: ¡se equivocaron!:

Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.

Ahora bien, Guastavino fue uno de esos niños clasificados como genios, a los cuatro años dió su primer concierto de piano. Dicen que aprendió a tocar piano antes que a hablar, lo cual no es ninguna gracia, porque hay mucha gente que ni siquiera de adultos saben hablar. Nacido en la provincia de Santa Fé, estudia ingeniería química, lo que le sirve más adelante para preparar sus propios perfumes (¡!). 

De la Suite argentina, la primera, un gato. Tocada por unos muchacho europeos, no puedo precisar el idioma, ¿croata?. No es fácil de buscar, creo que es de una escuela de música en Zagreb, GU Elly Bašić, pero puedo estar equivocado. Suena muy bien. 

Encantamiento, es la canción que mencioné al principio de este relato, de las seis canciones de cuna, por Marcela Roggeri y Florent Heau Carlos en versión instrumental. Allí es donde se aprecia lo bello de la música de Guastavino. Una melodía sencilla, que lo envuelve a uno, en clarinete, acompañada de un piano lindo. Adjunto la letra de Gabriela Mistral, acunadora… (tomada de la Fundación Gabriela Mistral):

Este niño es un encanto
parecido al fino viento;
si dormido lo amamanto,
que me bebe yo no siento.

Es más travieso que el río
y más suave que la loma;
es mejor el hijo mío
que este mundo a que se asoma.

Es más rico, más, mi niño
que la tierra y que los cielos:
en mi pecho tiene armiño
y en mi canto terciopelos…

Y es su cuerpo tan pequeño
como el grano de mi trigo;
menos pesa que su sueño;
no se ve y está conmigo. 

Siguiente recomendada, la bella Anna Netrebko, soprano rusa con una canción, La rosa y el sauce, letra de otro autor, Francisco Silva. Netrebko, perfección de voz, técnica y calidez de sonido y como encontré en algún blog: una pronunciacion del español, casi perfecta.

No sé cuándo coincidieron dos grandes argentinos: Jorge Luis Borges y Carlos Guastavino. Aunque yo no soy un particular fan de la poesía de Borges (que sí de su prosa: monumental), hay una bella canción, Milonga de dos hermanos, cuya música parece ser de 1968. Y me gusta la versión de otro argentino: Jairo.

Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas 

Compuso muchísima música (dicen que casi 300 obras) y la interpretan los grandes, Eduardo Falú, Anna Netrebko, José Carreras, Joan Manuel Serrat, Alfredo Krauss, etc.  Vale la pena oir toda la obra de Guastavino. Murió de 88 años en el 2000.

Nota: los videos son tomados de Youtube y pueden tener derechos reservados

Rey de los cocteles o cócteles

El rey de los cocteles o cócteles como dicen los españoles que pronuncian raro un montón de palabras como chofer (del francés Chauffeur) y ellos dicen chófer, es el Dry martini. Uno sabe qué se toma, está seguro de las consecuencias, para bien o para mal y entonces lo aprecia y lo respeta. El día que con un amigo lo tomábamos él decía: «hoy me voy a morir, lo tengo claro». La receta es fácil: ginebra, vermouth blanco seco, hielo y aceitunas. No se vayan por esas variaciones de liche, apple ni con el de vodka que se toma el alcohólico de James Bond «…shaken, not stirred». No. El Dry martini, así con mayúscula sólo es uno, con ginebra y si uno lo logra conseguir vermouth Noily Prat, sólo como para alardear, mejor: porque esta es una marca francesa de la cual es dueña Martini & Rossi, pero suena bien eso de hacer dry martini con Noily Prat francés. Así que con martini blanco seco, de Martini & Rossi, sabe muy bien, no estoy muy seguro del Cinzano porque lo recuerdo un poco dulce, pero habría que probarlo.

Hay cuentos viejos sobre el dry como dijo una mujer, de quien no recuerdo el nombre: el primero me pone en el cielo, el segundo bajo la mesa, el tercero en las piernas del anfitrión. O la historia que Hemingway, el de «Adios a las armas», que lo tomaba en una proporción de dieciseis a uno. No dijeron si deiciseis martinis por uno de Noily Prat, porque el hombre dejó sus monumentales escritos huérfanos.

Ahh… y de las ginebras. Como le digo a una amiga que le gusta el vino regular: «también hay vinos buenos». Hay desde una ginebra producida por la Empresa de Licores de Santander, que no sólo ataca el buen gusto sino el nervio óptico y también subiendo de categoría existe la ginebra Larios, de España con marqués incorporado y todo, pero que no sabe tan bien, hasta las realmente buenas, con aromas de bayas de enebro y otras cosas deliciosas.

 Hay que probar de las buenas como seguramente lo hace la realeza inglesa, que si habla bien de la ginebra: cuentan que la reina madre, aunque no sé si la historia es cierta, Reina consorte del Reino Unido y de Irlanda y de sus Dominios de Ultramar y emperatriz consorte de la India: edddaa zipote título,  se clavaba una botella como dosis diaria y duró casi ciento dos años, no cirrosis, no cáncer, no alzheimer, no nada, sólo alcoholismo. Yo no quiero vivir tanto, aunque sea emperador de los dominios de ultramar. 

Al punto. De las que he logrado probar, Bombay, London N°1, Tanqueray Ten, Hendricks, Bulldog, Beefeater, mi preferida, por su color y aroma su botella y su sabor es la Bombay. Aunque casi la cambio por la London N°1, una ginebra azul bella, tranquila, pero que la derrotó el precio.

  • 3 onzas de ginebra – unos 90 ml
  • 15 ml de Martini blanco seco
  • 2 aceitunas en un palito, sin relleno, las aceitunas no el palito
  • 1 coctelera
  • Hielo picado
  • 1 buena copa de dry martiny

 Preparación:

  • Ponga la copa en el congelador para que tome esa nube de hielo
  • En la coctelera eche el hielo picado y vierta el martini
  • Bátalo (shake) intensamente y bote el residuo líquido, sólo interesa el perfume en el hielo
  • Incorpore la ginebra y vuelva a batir
  • Ponga las aceitunas, secas, sin líquido en la copa, si le echa el líquido de las aceitunas, el coctel se llama «sucio»: debería llamarse «horrible»
  • Ponga el coctel en la copa.

Yo no soy purista, lo prefiero servido con el hielo de la coctelera, pierde un poco de sabor al final, pero se mantiene frío más tiempo. Y para evitar la pérdida de sabor, pues uno toma más rápido y ya.  El dry martini no es para tomar solo, se toma en pareja y luego se van cabeza a cabeza hacia la cama.

Una vez conocí un personaje en México a quien también le gustaban los martinis. Él decía que tenía la receta perfecta: Toma una botella de ginebra llena, le saca una o dos onzas del líquido y lo reemplaza con vermouth dentro de la misma botella. Lo lleva al congelador y ya. Tiene martini preparado por varios días.

Había un bar en Bogotá al cual íbamos con mi esposa Adriana. Nos sentábamos en la barra a ver preparar los dry martinis. El barman, ponía la botella boca abajo en la coctelera, se iba a conversar con los amigos y al rato volvía. El resultado, casi un tercio de botella por coctel: Brutal.

Hay que disfrutar estas pequeñas cosas de la vida sin excesos, sólo por el placer y el apreciar estas bebidas que vienen de hace mucho tiempo, como la ginebra desde el siglo XVI y el Dry Martini del siglo XIX.

Día de la Mujer – Marzo 8

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), ese organismo al cual siempre quise pertenecer, como burócrata internacional obviamente, para no hacer nada y que me pagaran bien, dice del día de la mujer: 

«El Día Internacional de la Mujer se refiere a las mujeres corrientes como artífices de la historia y hunde sus raíces en la lucha plurisecular de la mujer por participar en la sociedad en pie de igualdad con el hombre.»

Un escritor colombiano, David Sánchez Juliao acuñó una frase en uno de sus personajes el Flecha quien decía «…mucho nombre pa tres salones…».

Hace más de 100 años en 1909 según la ONU, el Partido Socialista de los Estados Unidos (¿¿todavía existe??), declaró que el día de la mujer era el 28 de febrero, luego lo cambiaron. Entonces con una declaración como la de arriba y un decreto de un partido prácticamente inexistente la celebración no pareciera tener futuro. 

Pero ahí van las mujeres, sobretodo en Colombia. A pesar de misóginos como López Trujillo (el cardenal de los huequitos en los condones) o el troglodita que tuvimos como procurador, que lo hacen a uno avergonzarse con sus conceptos.

Y en Colombia ha habido millones de mujeres fuera de serie. Aquellas liderezas sociales que siguen trabajando por su comunidad, pese a todo. Aquellas artistas, aquellas ejecutivas, aquellas trabajadoras. Mujeres como Débora Arango, Teresita Gómez y muchísimas más.

Mi mamá que era una mujer de armas tomar y mi abuela que era maravillosa, ella nació en 1890 y alguien le puso en la tarjeta de identidad ojos pardos oscuros (lo que sea que signifique) cuando los tenía azules, me formaron en el respeto por las mujeres. Pero es muy factible (uso esto como excusa) no porque yo lo sea nooo, que como toda la vida uno se rodea de amigos, compañeros de trabajo, conocidos, etc., muchos de ellos con sentimientos machistas mayores que los que uno tiene y no es por descalificar a ninguno, sino que así somos, así nos formaron, yo haya hecho comentarios o dicho cosas machistas de las cuales me arrepiento. Por lo que dije o dejé de decir o por lo que hice o dejé de hacer y por lo que haré o dejaré de hacer y que pudo o podrá afectar a las mujeres, en especial a mi esposa Adriana, pido mis sinceras disculpas a todas.

Pero volviendo al día de la mujer, de las millones de mujeres extraordinarias, debo destacar, por mi deformación de ingeniero, a Marie Sklodowska Curie, cuya educación fue particularmente difícil y tardía principalmente por ser mujer. Premio Nobel de física en 1903 en conjunto con su marido Pierre, quien murió debajo de un carro de caballos en un accidente estúpido. Luego de mucha oposición machista en la academia y en las ciencias, le volvieron a dar el premio Nobel pero en química en 1911: ¡qué verraca, dos premios Nobel!. Sobre ella y sobre otras cosas hay un libro maravilloso de una escritora española a quien también admiro Rosa Montero: «La ridícula idea de no volver a verte», léanlo, es fácil, corto, bien escrito, etc.

Pasando a otros planos, hay dos mujeres más a quien voy a hacer referencia: Lady Gaga en música. Qué lindo canta esa mujer, qué talentosa. Aquellos que no la conocen, los insto a que busquen en Youtube videos de ella en el piano, cuando canta sola. Cómo será de extraordinaria, que aún en el Superbowl, donde cantó el himno de los EEUU, lo hizo de tal manera que la calificaron como la mejor interpretación de los últimos tiempos.

Y la otra, una a quien debemos mucha de nuestra buena infancia y a quien deberemos que nuestra vejez pueda ser mejor: Marion Donovan. Una gringa a quien debemos el revolucionario invento del ¡¡pañal desechable!! 

Abrazos

Llegando más alto

Hace un tiempo que dejé de escribir acá. Sucedieron muchas cosas. Pero sobretodo, apareció la pandemia del COVID-19. Tuvimos una empresa que iba razonablemente bien, pero hubo que cerrarla por la pandemia. Hoy un año después de haber terminado la empresa hago un alto en el camino viendo hacia atrás: sí, se perdió dinero, pero gané algunos amigos, experimenté vivir en otra ciudad con un clima duro, aprendí a apreciar cosas como cocinar para dos sin que faltara y sin que sobrara, un buen atardecer con un gin tonic frente al mar, escribir sobre algunos temas previa investigación o experimentación de ellos y más.

Ahora vivo en otro sitio, acompañado de mi esposa, mis gatas y mis perros, más tranquilo, clima más benigno, pero no me había atrevido a escribir en este blog de nuevo. He decidido reorientarlo un poco (abrir nuevos temas y posibilidades), sin perder la esencia original de contar experiencias, hablar de cosas a veces polémicas y hacer algo de crónica. Voy a retomar algo de mi gusto por alguna poesía de esas que se entienden y si fuera posible algo de música. Mi compromiso es el de investigar los temas de manera que sean veraces y las opiniones personales confiables.

Así que vamos a ver cómo sale y si consigo seguidores que se interesen de nuevo por mis escritos.

Más quiero a mi perro

En estos días, frecuentemente leo en los periódicos digitales y en papel, que la pandemia ha sacado lo peor de mucha gente. Y empiezo a pensar lo mismo. No hay un espíritu altruista en ninguna parte, ¡qué horror!. Claro que esta crisis nos tomó desprevenidos. Aunque estaban aquellos que vaticinaban desastres de esta naturaleza, los otros pensábamos: ¡qué va, están locos estos tipos! y se vino la pandemia y los gobiernos no estaban preparados para algo así. Ni nadie.

Un amigo tenía un empleado y como todos los mortales de esta tierra, tuvo que reducir sus gastos, pero con gran esfuerzo mantuvo al empleado que le ayudaba en una pequeña granja. El empleado decidió que no trabajaba más y empezó a pedir incapacidades al sistema de salud. En este momento, seis meses después el amigo le sigue pagando, pero el empleado no trabaja, ¿hasta cuando? hasta que el sistema lo jubile: suerte a todos. Yo le echo la culpa de la situación a la pandemia. Tratamos de sobrevivir de la mejor manera, los más, trabajando como podamos, los otros viviendo de los demás o de los sistemas de gobierno. ¡Quelle horreur!

Un campanazo de alerta:

Pero soy de los que sueña. Sueño con un modelo económico más justo. El modelo de mercado, tal como está planteado, no funciona: es demasiado desigual. Mi experiencia personal me dice que siga a Baruch de Spinoza: lo bueno de hacer el bien es la satisfacción de ello. Y miren que he estado leyendo Fratelli-Tutti, la última encíclica publicada por el papa Francisco y me gusta mucho lo que escribe. No es sólo una cuestión de amor a quienes nos son cercanos, sino a todos. Pero al igual que pasa con los predictores de desastres: “El hombre está loco, qué va”, lo que importa en esta época son mis utilidades, mi dinero, mis dividendos, mis salarios impagados, sacar el mejor provecho de las situaciones…los demás: ¡a la mierda!

Como dijo Diógenes: “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, yo quiero a mi perro pero también a la gente honesta, trabajadora, luchadora, que no se rinde…

La nueva ropa

Eso de que como ahora nos vemos con muy poca gente o que siempre nos vemos con los mismos, no creo que debería justificar lo que algunos han dado por llamar ropa mínima. Mucha gente decidió que una camiseta y un pantalón es suficiente vestimenta para una o dos semanas de confinamiento. Ni que uno se fuera de autoestop por las vías, eso sí que no se le acerquen, porque uno empieza a verse mal y a oler mal. Entonces no nos afeitamos, no nos bañamos, porque para qué, si únicamente me va a ver mi esposa y mis hijos si mucho y a ellos no les importa o estoy solo ¿?.

Es muy cierto el refrán que dice que “El hábito no hace al monje”, pero se refiere a una actitud moral, no a la pereza de cambiarse de vestimenta o de bañarse. Ahora que no digan que porque debemos usar tapabocas todo el tiempo, la limpieza oral no es indispensable. Pero la gente quiere tener su libre albedrío o como dice el refranero español: “Cada uno es libre de hacer de su capa un sayo y de su culo un candelero”.

Hoy leía a Luz Sánchez-Mellado, columnista de El País de España, que resulta que los almacenes de ropa están promocionando el negro como color de temporada ¿qué tal?. Como si nos hubiéramos rendido al virus, faltaba más.

Lo que yo hago en mi cotidianidad es intentar disfrutar de todos los momentos. Por eso me levanto temprano, lo cual a mi edad no es una proeza, saco al perro a pasear y lo acompaño a que haga sus necesidades. Café para mi esposa y para mí y a hacer ejercicio cada dos días. Afeitada y baño diario y vestirme de manera normal, no necesariamente cambiarme de ropa a cada rato, sentarme a revisar correos, escribir, leer periódicos, hablar por teléfono con mis socios o amigos. Ya casi no veo noticieros porque todos presentan lo mismo: COVID-19, contagios y muertes, eso sí mi deformación de ingeniero critica que ni siquiera muestren la perspectiva completa de evolución de la pandemia y ahora: elecciones en Estados Unidos y las embarradas de Trump.

Salimos al mercado con tapabocas, alcohol y antibacterial. Allí encontramos todos estos especímenes de los cuales estoy hablando, sin bañarse, pantaloneta y una camiseta que viene de la guerra de Vietnam y gorra. Si los extraterrestres vinieran, se llevarían esta imagen de los habitantes de la tierra.

¿Será que sale algo positivo de los confinamientos? ¿Nos volveremos a apreciar? ¿Seguiremos luchando todos? De mi parte, sí.

¿Vida tranquila? A pensar se dijo.

Esta mañana he visto noticias de España, que dicen que los contagios están aumentando en las ciudades y algunas autoridades piden que se vuelva al confinamiento. Recomiendan a los catalanes no viajar a Madrid: las dos ciudades más importantes de España, sin conexiones presenciales: ¿aislacionismo? Es, guardadas las proporciones como si a los de Medellín no les permitieran ir a Bogotá, ¡Qué cosa tan difícil nos tocó! La economía cayendo, las manifestaciones en las principales ciudades de Colombia y muchos políticos tratando de sacar partido de la situación, pero sin proponer ninguna solución creativa que haga que este país provea suficiente sustento y futuro para las nuevas generaciones.

Particularmente tuvimos que cerrar el negocio, una pyme, pero que daba empleo a unas doce personas. No hubo manera de sobrevivir. Nos restringimos en gastos, para poder sobrevivir nosotros. Entonces nos acordamos de una pequeña casa de campo que la familia ha tenido desde hace bastantes años y nos devolvimos a ella, con la esperanza de que el 2021 sea mejor para reabrir nuestro negocio. Mientras tanto, para sobrevivir, debemos realizar tareas remotas fundadas en nuestras profesiones.

Pero lo bucólico le hace poner a uno los pies en la tierra, desde el punto de vista del equipamiento urbano. Afortunadamente, energía eléctrica ya no es un lujo, sino que es suministrada por alguna de las empresas. Agua a través de acueducto veredal, y lo primero que hicimos fue acostumbrarnos a ella, para no tener que estar comprando bolsas de agua más caras que la gasolina. Televisión, que renació en esta época, no hay problema: una antena, una suscripción y ya. Ahh… internet, porque si uno no tiene este servicio, pues no existe y lo que proveen los celulares es restringido. Ya hay conexiones satelitales que funcionan bastante bien, con un ligero retraso cuando se trata de conversaciones por WhatsApp y hace que uno recuerde la regla de urbanidad que dice que deje terminar al otro, antes de responder. Si hablan de manera simultánea, se pierde un poco de la conversación.

Mientras pensamos cómo vamos a rehacernos, contemplamos lo que trae la naturaleza: un ave, cuyo nombre no sé, llega a la copa del árbol. Tiene el tamaño de una gallina, pero con una cola mucho más elegante.

Un insecto, afortunadamente de sólo unos cinco centímetros de largo. La imagen de la izquierda es visto por encima y la de la derecha, de lado: absolutamente hermoso, pero podría aparecer en una película de ciencia ficción.

Las imágenes le recuerdan a uno lo bella que es la naturaleza y cuánto debemos protegerla. También le devuelven la fuerza para seguir pensando en ideas de cómo salir adelante ahora que toda la gente normal, media, estamos pasándola regular.

«Hay días que somos tan móviles, tan móviles…»

Hace unos años yo ejercía de ejecutivo de alguna compañía y tenía, lo que me parecía muy bueno, que viajar a diferentes sitios a visitar los proyectos que estábamos desarrollando es esos momentos. Así que es cierto, era yo bastante móvil. Tuve entonces la suerte de conocer algunas ciudades, aunque eso es bastante presuncioso: cuando uno viaja por negocios, conoce ciertamente los aeropuertos, las salas VIP, las oficinas de los clientes, buenos restaurantes y de pronto alguna que otra cosa cultural. Pero no llega a conocer las ciudades: uno está demasiado ocupado trabajando.

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Volviendo al punto, estuve en Lisboa (Portugal) y lo que conocí de esta ciudad me pareció de las experiencias más enriquecedoras por lo que pude ver de su arquitectura, sus palacios (¡hay que ver nomás donde queda la sede de la embajada colombiana!), el puente Vasco da Gama sobre el río Tajo, su gente, su comida, sus vinos oporto y verde y su música, en fin.

Estando en una de estas visitas un día antes de regresar a Colombia y ya solo, me fui a un pequeño restaurante (¿saben que no recuerdo el nombre?) y pedí en mi portugués bastante básico un estofado de carne de cabra. Al primer bocado que tomé, no digo mentiras, se me salieron las lágrimas. ¡Cómo iba yo a saber que en un sitio a diez mil kilómetros encontrara un plato con el mismo sabor y el mismo aroma al que preparaba mi mamá, hacía muchísimos años! No les miento, me transporté a las imágenes de mi casa, con mi mamá en la cocina y todo el lugar oliendo a las especias y las verduras y a las hierbas con las que preparaba el estofado de carne de cabrito… ummmh. Alguna vez he tratado de hacerlo, con otro tipo de carne:

No es igual, aunque me queda bastante bien.

Y tuve el privilegio de oir fados. Ahh ¡qué música tan bella! Aunque la palabra es casi intraducible, uno sabe que oír fados interpretados en esas guitarras portuguesas, es experimentar saudade. Ay. Si alguna vez se sienten nostálgicos hay montones de fados en Youtube y en Spotify. Uno que recomiendo es el que interpretan una cantante portuguesa, Mariza y un cantaor flamenco Miguel Poveda, se llama «Meu fado meu» y sientan la saudade.

Empecé esta publicación con el primer verso de la «Canción de la vida profunda», del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, que no se llamaba así sino que este era su seudónimo para cuando ejercía el oficio de poeta. Y me pareció que aplica muy bien a lo que quise relatar: «Hay días que somos tan lúgubres, tan lúgubres…»